jueves, agosto 08, 2013

Tierras de nadie en el Laberinto

Apareció en el suplemento Laberinto del periódico Milenio una reseña crítica de Tierras de nadie y un ensayo escrito por Viviane Mahieux y por mí sobre nuestro libro colectivo. Ambos textos están disponibles en el sitio del suplemento aquí mismo.  Adjunto el ensayo abajo esperando continuar este debate en torno al norte en la literatura mexicana contemporánea y así acabar de desmantelar la improductiva etiqueta de la supuesta "literatura del norte" y su territorio imaginado que algunos insisten en defender.

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Notas en torno al norte en la literatura mexicana
Viviane Mahieux y Oswaldo Zavala

Desde que apareció Tierras de nadie: el norte en la narrativa mexicana contemporánea se nos han hecho insistentemente ciertas preguntas: ¿En qué consiste la literatura del norte? ¿Qué significa ser un escritor del norte? ¿Cómo se distingue la literatura del norte de la del resto del país? Estas preguntas han provocado conversaciones arduas que marcaron cómo hoy se piensa literariamente el norte, pero no son las que guiaron la conceptualización de nuestro volumen. Al contrario, nuestro libro se concibió como una manera de señalar la improductividad de la etiqueta “literatura del norte”, que reúne a un grupo de escritores de poéticas dispares y que en poco o nada se diferenciaría de lo que implícitamente tendría que ser la “literatura del centro”. En nuestro proyecto colectivo, que cuenta con la colaboración de diez jóvenes críticos, no nos propusimos definir la literatura del norte mexicano, ni trazar sus rasgos, ni enumerar sus cualidades o defectos. Este sería un proyecto inevitablemente reductivo, en parte porque esta compleja zona del país tiene una inmensa producción cultural cuya diversidad nunca podría resumirse en un solo libro, pero también porque lanzarse a tal empresa implicaría reafirmar la falacia determinista del origen. Se ha naturalizado que la literatura que trata de la Ciudad de México, en un salto metonímico siempre realizado a priori, habla por la nación, algo que no sucede cuando esa literatura se refiere al norte. Es por ello que nadie se pregunta con tanta insistencia cómo se puede definir la literatura de la Ciudad de México o qué exactamente es ser un escritor capitalino.
Nos rehusamos a creer que para escribir sobre el norte hay que nacer y vivir allí, que si uno es del norte está obligado a escribir sobre esta región, o que escribir sobre el norte implica enfocarse en la violencia, el narcotráfico, la migración, la frontera. Hay una infinidad de nortes cuyas realidades y disparidades van más allá de esos temas hoy considerados necesarios para que un texto se gane el atributo de “norteño” y goce de cierto éxito editorial. Tierras de nadie se propuso entonces pensar el norte como referente literario privilegiado, tomando en cuenta su trayectoria histórica, la larga cadena de tensiones con sus otros (el centro capitalino, el norte más allá del norte—los Estados Unidos), las jerarquías entre textos de distribución local y los circuitos de lectura nacionales, así como su cambiante visibilidad en el panorama de la literatura nacional. Quisimos evocar el norte mexicano como un espacio geopolítico complejo que puede escribirse —y leerse— de múltiples maneras y desde espacios diversos. Con “espacios” nos referimos no sólo a la geografía, sino también a lugares simbólicos de enunciación, como lo son la literatura, el periodismo, la academia.
Es imprescindible ejercer un cierto nivel de responsabilidad literaria ante la realidad que vive el México contemporáneo, un país sumergido en la violenta realidad del narcotráfico y de la corrupción sin límites. Pero este dilema no es exclusivo del norte. La violencia del narco surge a nivel nacional como parte de una red de poderes que involucra las principales élites políticas del país, así como sus instituciones policiales y militares. La literatura puede responder a tales encrucijadas de múltiples maneras, pero los ambientes del realismo sucio no son obligatorios. El ethos de una época y de una comunidad se puede abordar de un modo directo o apenas insinuado en la generalidad de un tema. A la vez, una obra puede ambientarse en ese norte deprimido que hemos visto ya tantas veces y, sin embargo, tener como núcleo narrativo preguntas universales que no se centren exclusivamente en la realidad política del momento. En cualquier caso, se espera que una obra literaria genere estrategias críticas de representación que no reproduzcan los mismos discursos hegemónicos que transforman el norte en una zona de mitologías bárbaras y ajenas a la supuesta civilización normativa del centro. Por eso, resulta incómodo que la llamada “narcoliteratura”, para algunos intercambiable con la noción de “literatura del norte”, tenga tanto éxito. Es difícil abordar el fenómeno de la violencia sin que surja la sospecha, justificada o no, de que se está respondiendo a conveniencias editoriales. Precisamente por ello, ahora se vuelve más complejo representar críticamente no lo indecible, lo que escapa a las palabras sino lo ya sobredicho, lo repetido hasta el vértigo.
Estas discusiones sobre cómo representar las caras de la violencia y de la desigualdad —y cómo leerlas— no son nada nuevas. Su antecedente más reconocible se encuentra en la novela de la revolución y en las polémicas de principios del siglo veinte en las que participaron tanto los intelectuales ateneístas como los miembros de las diferentes vanguardias. Hace unos noventa años, el pequeño mundo literario mexicano se agitaba discutiendo el supuesto “afeminamiento” de la literatura mexicana. En el fondo, esta polémica de 1924 fue impulsada por la necesidad de pensar el lugar de la literatura después de la revolución, de debatir cómo se podían representar los acontecimientos sucedidos, y cuál sería el rol de los escritores en un cambiante escenario nacional.
Tales preguntas siguen vigentes, aunque algunas de sus implicaciones hoy resulten absurdas, como el desliz constante entre el cuerpo literario y el cuerpo del autor. Se especulaba entonces que la literatura mexicana debía ser viril y nacionalista: “ya nos somos gallardos, altivos, toscos”, lamentaba Julio Jiménez Rueda. Tomando en cuenta la inmensa distancia que nos separa de esa época —sin blogs, sin twitter, cuando las novelas no competían con las pantallas— nos es posible advertir varias continuidades. Primero, la más obvia: en 1924 se debatía qué tipo de masculinidad debía asumir la literatura, pero no se cuestionaba que ese cuerpo literario fuera implícitamente masculino. Las discusiones de los últimos años en torno a la llamada literatura del norte, o la narcoliteratura, retoman estos tonos patriarcales y falocráticos. Acaso por ello pocas escritoras han optado por la estética violenta que está en boga, como tampoco han mostrado el mismo afán por protagonizar los debates en torno al norte como campo literario. Nuestro mismo volumen recalca esta ausencia: ningún colaborador cubrió el trabajo de las muchas escritoras que han representado el norte en sus obras. A su vez, las polémicas actuales en torno al norte recaen en ese impulso de delinear trincheras, de crear clanes imaginarios que sólo se materializan al limitar modos de intervención y de creación. Si en 1924 un escritor era o viril y nacionalista, o afeminado y traidor a la patria, hoy se escribe en pro o en contra del norte, se es norteño o se es centralista, se es regional o se es globalizado, se es nativo o se es académico. Acaso en unos cien años, si es que somos tan relevantes como hoy creemos serlo, alguien estudiará las polémicas en torno al norte con la misma irónica sonrisa que no podemos evitar al recordar los dardos bochornosos que se lanzaron a principios del siglo pasado.
El sencillo pero productivo gesto de nuestro libro —en vez de pensar la literatura del norte indagamos sobre el norte en la literatura— busca generar nuevos ímpetus a una conversación que se estaba agotando. En los meses desde su aparición, hemos reflexionado en lo que consideramos sus aciertos, así como sus fallas. Los aciertos, a nuestro parecer, radican en la calidad de los ensayos incluidos, así como en sus posturas divergentes y hasta contradictorias: yuxtapuestos, demuestran la heterogeneidad del norte y las múltiples aproximaciones críticas que puede suscitar. Las limitaciones del volumen parten de su insalvable condición incompleta. Ninguno de los ensayos recibidos abordó representaciones del norte desde posturas regionales, una carencia reveladora de un campo cultural fragmentado que en muchos casos desfavorece a sus mejores escritores, como es el caso de escritores tan importantes como Jesús Gardea o César López Cuadras.
Nuestra convocatoria sugirió temas, mas no los asignó: la selección de autores estudiados así como la metodología fue opción de cada colaborador. El libro es entonces el reflejo de un momento específico en el cual las voces críticas más jóvenes responden a un campo literario marcado por las editoriales transnacionales y por el prestigio alternativo de las casas independientes. Al mismo tiempo, las selecciones de los colaboradores se pueden entender tanto por sus trayectos individuales de lectura como por sus formas de ciudadanía descentrada. Nuestros autores nacieron en distintos puntos del país e incluso en el extranjero; algunos tienen formación académica en México y otros están cursando estudios de posgrado o están ya integrados a circuitos profesionales en Estados Unidos, Canadá o Europa. No puede ser casual que las circunstancias biográficas de los escritores analizados en el libro reflejen también esta condición dislocada. Varios de los escritores estudiados viven en lugares tan dispares como Nueva Orleans (Yuri Herrera), París (Miguel Tapia), Varsovia (David Toscana) o la Ciudad de México (Eduardo Antonio Parra).
Sin duda, el coro intencionalmente disonante que compone este libro se habría beneficiado al incluir otras voces que no se escuchan fácilmente fuera de su localidad y que rompen con el paradigma más aceptado del escritor del norte. Esta ausencia, sintomática de los diferentes circuitos de distribución y de lectura del país, confirma lo mucho que queda por hacer para que nuestro fragmentado campo literario no se mantenga atrincherado en la defensa innecesaria de territorios inexistentes. Leído así, Tierras de nadie nos parece una intervención colectiva que, por sus logros e incluso por sus faltas, nos indica los múltiples derroteros intelectuales que aún quedan por explorar y que no serán agotados precisamente porque son espacios de significación que ningún esfuerzo crítico, efímero y contingente, podrá apropiarse jamás.

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