martes, julio 16, 2013

La lección del profesor Zavala


Había siempre una mesa amplia, llena de papeles y cartulinas, tijeras, pegamentos, marcadores de colores, y claro, lápices. Yo tendría unos tres o cuatro años y entendía que algo importante se manufacturaba y que todavía no me incluía. Como no podía ser de otro modo, la llanura del suelo era la única mesa legítima de mi infancia. Una cierta tarde insistí lo suficiente y mi papá y mi mamá cedieron y me dejaron tomar uno de sus lápices y subir a dibujar sobre la mesa de los grandes. Desde luego, me caí, y ahora el recuerdo de esa tarde está inscrito en una delgada línea sobre mi frente, señalando que en casa de profesores sólo es posible herirse al intentar escribir, como si lo más peligroso que uno puede hacer entre profesores es precisamente tomar un lápiz a destiempo e intentar usarlo sin las debidas advertencias, sin las guías que sólo se consiguen en la experiencia frente a los estudiantes y frente a otros profesores.

Muchos años después, mi hermano y yo decidimos reproducir la misma mesa de trabajo de casa de nuestros padres. Sé por cierto que también estará en la de mis hijos y en la de sus hijos. Sé también que en nuestra familia ser profesor es la forma más clara de habitar el mundo, y que esto implica la imposibilidad de conformarse con el conocimiento propio y por eso hay que arriesgarse a enseñar lo que también nos arriesgamos a aprender. Sé que en casa de mi hermano y en la mía es peligroso aferrarse a un lápiz sin el debido entrenamiento y que no está lejos el día en que nuestros hijos se graben la misma enseñanza en la frente que yo luzco en la mía. Pero mientras nos toca mantener activa la mesa de trabajo, ahora entiendo también que esa es la mejor lección de mis maestros. Que el aprendizaje y la enseñanza son oficios esencialmente riesgosos y que cuestan cicatrices en la frente que hay que saber merecerse.

El profesor Rosendo Zavala deja su escuela y vuelve a casa. Lo invito a mi mesa de trabajo y lo veo acomodarse en la silla con calma, paciente y generoso, dispuesto a recomenzar la lección que ahora tendrán que aprender los más jóvenes de mi casa cuando reciban el lápiz y se sienten a escribir, por vez primera, en la mesa de los grandes. 

domingo, julio 14, 2013

2666 y el narco: recordando a Bolaño a diez años de su muerte

Ahora que releo 2666 diez años después, me sorprende la enorme riqueza de significados que merece la atención crítica que está recibiendo y que aún dista de agotarse. Como lector agradecido, preparé un ensayo sobre la representación que Bolaño hace del narco en su obra maestra. El texto apareció en el Confabulario y se puede encontrar aquí. De última hora, cuando ya se había cerrado la edición, me di cuenta de que hubiera querido agregar un par de párrafos, pero me ganó el tiempo. Dejo aquí la versión completa del texto para los interesados en el tema.

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2666 y el rostro del narco

Oswaldo Zavala

En 2666 (2004), la novela póstuma de Roberto Bolaño, hay una escena en un bar de Santa Teresa —como se sabe, basada en la fronteriza Ciudad Juárez— en la que un policía judicial llamado Juan de Dios Martínez observa en la terraza del local a un hombre vestido de ranchero, sentado de espaldas, y cuyo rostro nunca puede ver directamente. El policía especula que se trata de un narcotraficante. Frente al ranchero está un joven acordeonista y una violinista, quienes intentan atraer su atención: 
Lo más triste de todo, pensó Juan de Dios Martínez, era que el narcotraficante o la espalda trajeada del supuesto narcotraficante, apenas se fijaba en ellos, ocupado en conversar con un tipo con perfil de mangosta y con una fulana con perfil de gata.

Cuando los músicos por fin llaman la atención del supuesto narco y sus acompañantes, algo ocurre que intriga al policía:
El tipo con perfil de mangosta se levantó de la silla y le dijo algo al oído al acordeonista. Luego volvió a sentarse y el acordeonista se quedó con un gesto de disgusto dibujado en los labios. Como un niño a punto de echarse a llorar. La violinista tenía los ojos abiertos y sonreía. El narcotraficante y la tipa con perfil de gata pegaron sus cabezas. La nariz del narco era grande y huesuda y tenía un aire aristocrático. ¿Pero aristocrático de qué? Salvo los labios, el resto de la cara del acordeonista estaba desencajada. Ondas desconocidas atravesaron el pecho del judicial. Este mundo es extraño y fascinante, pensó.

El supuesto narco permanece siempre anónimo, sin rostro, y es el único que no se distingue por un atributo animal (mangosta, gata). Su identidad imaginada le confiere de inmediato una función social específica que excede a la persona convencional y despliega violencia y poder sin tener que moverse de la mesa: es un narco. Cuando aparece su perfil por un instante, el judicial piensa en la aristocracia, en una élite que no consigue situar dentro del esquema de la sociedad conocida. La escena ilustra así la problemática manera en que se articula el imaginario del narco que predomina en la mayoría de las llamadas “narconovelas” en México: historias basadas en reflejos limitados de un fenómeno cuya realidad nos resulta inaccesible, lo real del narco únicamente posible a través de la construcción imaginaria de ciertos trazos de su violencia vista a una distancia infranqueable, donde la sensación del poder de una élite se intuye pero no puede conocerse.
A casi una década de su primera edición, 2666, la novela más ambiciosa y compleja de Bolaño, ha sido leída por la crítica académica a través de modelos teóricos que intentan rebasar la noción de una tradición literaria nacional. Con ello, algunos críticos sugieren entender la novela como una reflexión sobre procesos históricos mundiales que revela el violento fracaso de la modernidad occidental que experimentan en común, en el contexto del libro, México, Estados Unidos y Europa. Sharae Deckard, por ejemplo, propone comprender la estructura de 2666 como “sistemáticamente histórico-mundial, uniendo una semiperiferia particular (Ciudad Juárez) y una coyuntura histórica particular (el capitalismo tardío del milenio) con un vasto alcance geopolítico”. De modo análogo, Sergio Villalobos analiza 2666 como una “articulación planetaria del mundo a través de la guerra global”, siguiendo aquí la noción propuesta por el historiador italiano Carlo Galli para comprender las dinámicas mundiales que desactivan los conceptos decimonónicos de soberanía, territorio y nación. Estos acercamientos, desde luego válidos y productivos, se preocupan por trazar el arco histórico con el que Bolaño vincula la esclavitud africana, el holocausto y los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, fenómeno que Jean Franco, en su reciente libro Cruel Modernity, estudia como “un incidente en un colapso mundial”.
No obstante, 2666 ofrece también una aguda representación crítica de los primeros años del siglo 21 en México que la crítica encandilada por la globalización ha pasado por alto. Como explica el sociólogo Luis Astorga, la máquina presidencial del PRI sometió durante siete décadas a generaciones enteras de narcotraficantes. No se trató de una relación de complicidad o de tolerancia, sino de una total subordinación del crimen organizado al poder político. Con la caída del PRI en el 2000, el narco dejó de ser parte de la agenda oficial de Los Pinos. Y mientras Bolaño escribía, el país ya se despeñaba hacia una profunda crisis de gobernabilidad con la fragmentación del poder político y el debilitamiento del Estado que trajo la consolidación del neoliberalismo como única estructura aceptable de gobierno. Esta crisis alcanzó su punto álgido con la presidencia de Vicente Fox, que se distinguió, según Astorga, por “la inexistencia de una política de seguridad de Estado” que permitió “un mayor grado de autonomía de policías, militares y traficantes respecto del poder político”. Entre sus muchos aciertos, 2666 da cuenta de esa fragmentación del poder. En ese sentido y contra el juego de temporalidades sugeridas por su título, la novela es el fiel reflejo de su época, en particular con su representación del norte de México en “La parte de los crímenes”. Esa sección —la más abundante de las cinco que integran el libro— se estructura alrededor de los dos fenómenos de violencia sistémica más importantes de la frontera: los cientos de asesinatos de mujeres que comenzaron a reportarse desde 1993 —el último año de la presidencia de Carlos Salinas de Gortari— y el narcotráfico. En 2666, ambos fenómenos surgen de las mismas condiciones de posibilidad en un país post-PRI: las redes locales de complicidades oficiales y extra-oficiales que en Santa Teresa regulan el flujo de drogas y disciplinan la violencia sin la intervención de fuerzas federales. Consideremos, por ejemplo, el episodio en que Pedro Negrete, jefe de la policía de Santa Teresa, contrata al joven Lalo Cura para trabajar como “hombre de confianza” de su “compadre” Pedro Rengifo, un prominente empresario local. Cuando Lalo Cura salva la vida de la esposa de Rengifo durante un atentado perpetrado por dos sicarios, entre ellos un policía estatal, Negrete reclama al empresario el haber expuesto al joven pistolero de un modo innecesario. Negrete decide entonces convertir a Lalo en detective, pero es hasta mucho después que este último se entera de que el empresario Rengifo es también un narcotraficante.
Esta íntima relación entre policías locales, empresarios y narcos reaparece más adelante cuando otro policía comenta con Lalo Cura el asesinato de la reportera de radio Isabel Urrea, cuya agenda personal confirma el orden político local en la investigación del crimen:
Encontré los teléfonos de tres narcos. Uno de ellos era Pedro Rengifo. También encontré los números de varios judiciales, entre ellos un jefazo de Hermosillo. ¿Qué hacían esos teléfonos en la agenda de una simple locutora? ¿Los había entrevistado, los había llevado a la radio? ¿Era amiga de ellos? ¿Y si no era amiga quién le había proporcionado esos teléfonos? Misterio.
En 2666, el negocio del narco opera ahora entre gobernadores, procuradurías estatales y empresarios que construyeron fueros semiautónomos e independientes del poder federal central, reconfigurado en el vacío de poder que inauguró la elección presidencial de 2000.
La cuidadosa representación del narco que Bolaño lleva a cabo en su novela sólo es comparable a un puñado de novelas. Destaco entre ellas Contrabando (publicada en 2008 pero escrita en 1991), en la que Víctor Hugo Rascón Banda dramatiza la brutalidad del Estado policial que mantuvo sometido al poder del narco hasta entrados los años 90. De igual importancia resulta El lenguaje del juego (2012), novela en la que Daniel Sada comprueba la potencia crítica de su visión del norte al explorar el modo en que el narco, solapado por los poderes fácticos, ha destruido el tejido social en los pequeños poblados de la región. En la última década, sin embargo, el campo literario mexicano ha celebrado el éxito comercial de numerosas narconovelas que independientemente de su nivel de realismo promueven la narrativa oficial que explica el fenómeno del narco a partir de una sempiterna lucha de cárteles y la mitológica vida y muerte de capos como Joaquín “El Chapo” Guzmán. Novelas como Fiesta en la madriguera (2010) de Juan Pablo Villalobos, Perra brava (2010) de Orfa Alarcón o Trabajos del reino (2008) de Yuri Herrera, imaginan al narcotráfico en México exactamente del modo en que el Estado describe el fenómeno: como una apocalíptica infestación de cárteles de la droga que en ciertos territorios periféricos del país actúan desde un afuera hipotético del Estado mexicano. Lo que estos libros denominan “narco” en México está constantemente mediado por discursos hegemónicos generados por el Estado, por estrategias de representación que mitifican a las organizaciones criminales y que son visibles en estudios académicos, investigaciones periodísticas y textos literarios que poco se diferencian entre sí pero que describen reiteradamente un mismo conjunto limitado de imágenes que opera a su vez como el paradigma de representación dominante en toda discusión sobre el tema.
Para articular una representación crítica sobre el narco no basta, como suponen algunos, con abandonar el léxico recurrente (“sicario”, “plaza”, “cártel”, el “narco” mismo). Tampoco es suficiente repetir la perogrullada de que el escritor sólo tiene la encomienda de “escribir bien”, como si la praxis literaria fuese reducible a una cuestión de forma sin fondo, como si el ideal modernista de la autonomía literaria no fuese justamente eso: un ideal irrealizable. Para escribir literatura contrahegemónica en torno al narco es crucial entender, siguiendo a José Revueltas, que el objetivo de todo escritor debería ser “comunicar bien”, lo que equivale a articular un saber específico que desde la literatura consiga elucidar de un modo crítico el narcotráfico evitando la fuerza de los discursos oficiales que buscan reducir el comercio de la droga a imaginarios cárteles que sobrepasan el poder del Estado y supuestamente controlan múltiples regiones del país.
En Los sinsabores del verdadero policía, Bolaño juzga en boca de uno de sus personajes: “el estilo es un fraude”. Más que una simple provocación, Bolaño retoma aquí una de las más célebres consignas de Borges en su ensayo “La supersticiosa ética del lector”. Contra la condición inamovible de la “página perfecta” cuyo delicado orden no tolera alteraciones, Borges admira la obra fluida e inestable que mantiene sus significados en movimiento: “la página que tiene vocación de inmortalidad puede atravesar el fuego de las erratas, de las versiones aproximativas, de las distraídas lecturas, de las incomprensiones, sin dejar el alma en la prueba”. Acaso esa es la lección más importante aprendida por Bolaño en las lecturas finales de su Borges. Si “el estilo es un fraude”, en la poética de Bolaño esto implica prácticas literarias con el objetivo de producir discontinuidades que no temen desarticular las estructuras narrativas, sacrificar tramas, desatender a personajes si en cambio privilegia los hallazgos de significados críticos y trascendentes, o trascendentes en tanto críticos.
2666 consigue como pocos libros una crítica alternativa del narco porque, en vez de invertir su capital en los fuegos pirotécnicos del estilo, Bolaño produce una narrativa que relocaliza al Estado y a sus lógicas de poder en el centro de su análisis del narco, es decir, reposiciona al Estado como el significante central del narco. 2666 se adentra en los laberintos del poder oficial y descubre al narco siempre inscrito bajo el nombre de los empresarios, de los policías y de los políticos gobernantes, siempre adentro de las estructuras de Estado. Como con el personaje de Lalo Cura, el lector se sorprende de encontrar narcos que no buscan apagar una insaciable sed de sangre y que no viven de modos excéntricos y ridículos en bunkers amurallados. El arquetipo oficial del narco se disuelve en 2666 con el personaje de ese empresario que entre sus múltiples negocios además invierte en el comercio de la droga, siempre vigilado y controlado por la policía y la política local.    
Resistir la tentación de la complaciente mitología del narco que ha dado fama y fortuna a tantos novelistas mexicanos que sueñan con alcanzar el éxito de La reina del sur, es una de las muchas enseñanzas de la obra de Bolaño. En este sentido, quienes insisten en que Bolaño no escribió una obra maestra, en verdad no han leído 2666 o la han leído mal. Por mi parte, desde luego, señalo apenas una de sus múltiples posibilidades de lectura sin reducir de ningún modo los alcances de su obra al tema del narco. Y aunque Bolaño sólo roza este debate tangencialmente, su tratamiento es magistral. Al volver a la escena sobre el narcotraficante cuyo rostro nunca vemos en 2666, se advierte la dramática imposibilidad de observar lo real del narcotráfico, que siguiendo a Lacan, está apenas insinuado en el orden de lo simbólico. Como intenta el policía de Bolaño, es necesario asumir una imaginación crítica que nos permita narrar el narco más allá de las vestimentas y las acciones que lo vuelven igual a sí mismo, es decir, idéntico a su recurrente cliché. Es imprescindible esclarecer las redes de poder en las que opera, elucidar desde lo literario las coyunturas políticas y económicas que lo condicionan, y finalmente preguntarse, con ese personaje de Bolaño, qué aristocracia representan, a que élite, en verdad, pertenecen. 

lunes, julio 08, 2013

Tierras de nadie en Canal 22.

Tierras de nadie en Cuartoscuro

La presentación de Tierras de nadie: el norte en la narrativa mexicana contemporánea fue desde luego una delicia celebrada el 27 de junio pasado en el Museo del Estanquillo. Aquí una nota publicada en Cuartoscuro.  Fue un verdadero placer hablar del libro en compañía de mi coeditora, Viviane Mahieux, David Miklos y Juan Pablo Anaya. Agradezco a Mónica Nepote, Mauricio Montes y Claudia Zepeda su generosa y amable atención. Aquí el link por si el otro no sirve: http://cuartoscuro.com.mx/2013/07/tierras-de-nadie/