jueves, agosto 08, 2013

Tierras de nadie en el Laberinto

Apareció en el suplemento Laberinto del periódico Milenio una reseña crítica de Tierras de nadie y un ensayo escrito por Viviane Mahieux y por mí sobre nuestro libro colectivo. Ambos textos están disponibles en el sitio del suplemento aquí mismo.  Adjunto el ensayo abajo esperando continuar este debate en torno al norte en la literatura mexicana contemporánea y así acabar de desmantelar la improductiva etiqueta de la supuesta "literatura del norte" y su territorio imaginado que algunos insisten en defender.

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Notas en torno al norte en la literatura mexicana
Viviane Mahieux y Oswaldo Zavala

Desde que apareció Tierras de nadie: el norte en la narrativa mexicana contemporánea se nos han hecho insistentemente ciertas preguntas: ¿En qué consiste la literatura del norte? ¿Qué significa ser un escritor del norte? ¿Cómo se distingue la literatura del norte de la del resto del país? Estas preguntas han provocado conversaciones arduas que marcaron cómo hoy se piensa literariamente el norte, pero no son las que guiaron la conceptualización de nuestro volumen. Al contrario, nuestro libro se concibió como una manera de señalar la improductividad de la etiqueta “literatura del norte”, que reúne a un grupo de escritores de poéticas dispares y que en poco o nada se diferenciaría de lo que implícitamente tendría que ser la “literatura del centro”. En nuestro proyecto colectivo, que cuenta con la colaboración de diez jóvenes críticos, no nos propusimos definir la literatura del norte mexicano, ni trazar sus rasgos, ni enumerar sus cualidades o defectos. Este sería un proyecto inevitablemente reductivo, en parte porque esta compleja zona del país tiene una inmensa producción cultural cuya diversidad nunca podría resumirse en un solo libro, pero también porque lanzarse a tal empresa implicaría reafirmar la falacia determinista del origen. Se ha naturalizado que la literatura que trata de la Ciudad de México, en un salto metonímico siempre realizado a priori, habla por la nación, algo que no sucede cuando esa literatura se refiere al norte. Es por ello que nadie se pregunta con tanta insistencia cómo se puede definir la literatura de la Ciudad de México o qué exactamente es ser un escritor capitalino.
Nos rehusamos a creer que para escribir sobre el norte hay que nacer y vivir allí, que si uno es del norte está obligado a escribir sobre esta región, o que escribir sobre el norte implica enfocarse en la violencia, el narcotráfico, la migración, la frontera. Hay una infinidad de nortes cuyas realidades y disparidades van más allá de esos temas hoy considerados necesarios para que un texto se gane el atributo de “norteño” y goce de cierto éxito editorial. Tierras de nadie se propuso entonces pensar el norte como referente literario privilegiado, tomando en cuenta su trayectoria histórica, la larga cadena de tensiones con sus otros (el centro capitalino, el norte más allá del norte—los Estados Unidos), las jerarquías entre textos de distribución local y los circuitos de lectura nacionales, así como su cambiante visibilidad en el panorama de la literatura nacional. Quisimos evocar el norte mexicano como un espacio geopolítico complejo que puede escribirse —y leerse— de múltiples maneras y desde espacios diversos. Con “espacios” nos referimos no sólo a la geografía, sino también a lugares simbólicos de enunciación, como lo son la literatura, el periodismo, la academia.
Es imprescindible ejercer un cierto nivel de responsabilidad literaria ante la realidad que vive el México contemporáneo, un país sumergido en la violenta realidad del narcotráfico y de la corrupción sin límites. Pero este dilema no es exclusivo del norte. La violencia del narco surge a nivel nacional como parte de una red de poderes que involucra las principales élites políticas del país, así como sus instituciones policiales y militares. La literatura puede responder a tales encrucijadas de múltiples maneras, pero los ambientes del realismo sucio no son obligatorios. El ethos de una época y de una comunidad se puede abordar de un modo directo o apenas insinuado en la generalidad de un tema. A la vez, una obra puede ambientarse en ese norte deprimido que hemos visto ya tantas veces y, sin embargo, tener como núcleo narrativo preguntas universales que no se centren exclusivamente en la realidad política del momento. En cualquier caso, se espera que una obra literaria genere estrategias críticas de representación que no reproduzcan los mismos discursos hegemónicos que transforman el norte en una zona de mitologías bárbaras y ajenas a la supuesta civilización normativa del centro. Por eso, resulta incómodo que la llamada “narcoliteratura”, para algunos intercambiable con la noción de “literatura del norte”, tenga tanto éxito. Es difícil abordar el fenómeno de la violencia sin que surja la sospecha, justificada o no, de que se está respondiendo a conveniencias editoriales. Precisamente por ello, ahora se vuelve más complejo representar críticamente no lo indecible, lo que escapa a las palabras sino lo ya sobredicho, lo repetido hasta el vértigo.
Estas discusiones sobre cómo representar las caras de la violencia y de la desigualdad —y cómo leerlas— no son nada nuevas. Su antecedente más reconocible se encuentra en la novela de la revolución y en las polémicas de principios del siglo veinte en las que participaron tanto los intelectuales ateneístas como los miembros de las diferentes vanguardias. Hace unos noventa años, el pequeño mundo literario mexicano se agitaba discutiendo el supuesto “afeminamiento” de la literatura mexicana. En el fondo, esta polémica de 1924 fue impulsada por la necesidad de pensar el lugar de la literatura después de la revolución, de debatir cómo se podían representar los acontecimientos sucedidos, y cuál sería el rol de los escritores en un cambiante escenario nacional.
Tales preguntas siguen vigentes, aunque algunas de sus implicaciones hoy resulten absurdas, como el desliz constante entre el cuerpo literario y el cuerpo del autor. Se especulaba entonces que la literatura mexicana debía ser viril y nacionalista: “ya nos somos gallardos, altivos, toscos”, lamentaba Julio Jiménez Rueda. Tomando en cuenta la inmensa distancia que nos separa de esa época —sin blogs, sin twitter, cuando las novelas no competían con las pantallas— nos es posible advertir varias continuidades. Primero, la más obvia: en 1924 se debatía qué tipo de masculinidad debía asumir la literatura, pero no se cuestionaba que ese cuerpo literario fuera implícitamente masculino. Las discusiones de los últimos años en torno a la llamada literatura del norte, o la narcoliteratura, retoman estos tonos patriarcales y falocráticos. Acaso por ello pocas escritoras han optado por la estética violenta que está en boga, como tampoco han mostrado el mismo afán por protagonizar los debates en torno al norte como campo literario. Nuestro mismo volumen recalca esta ausencia: ningún colaborador cubrió el trabajo de las muchas escritoras que han representado el norte en sus obras. A su vez, las polémicas actuales en torno al norte recaen en ese impulso de delinear trincheras, de crear clanes imaginarios que sólo se materializan al limitar modos de intervención y de creación. Si en 1924 un escritor era o viril y nacionalista, o afeminado y traidor a la patria, hoy se escribe en pro o en contra del norte, se es norteño o se es centralista, se es regional o se es globalizado, se es nativo o se es académico. Acaso en unos cien años, si es que somos tan relevantes como hoy creemos serlo, alguien estudiará las polémicas en torno al norte con la misma irónica sonrisa que no podemos evitar al recordar los dardos bochornosos que se lanzaron a principios del siglo pasado.
El sencillo pero productivo gesto de nuestro libro —en vez de pensar la literatura del norte indagamos sobre el norte en la literatura— busca generar nuevos ímpetus a una conversación que se estaba agotando. En los meses desde su aparición, hemos reflexionado en lo que consideramos sus aciertos, así como sus fallas. Los aciertos, a nuestro parecer, radican en la calidad de los ensayos incluidos, así como en sus posturas divergentes y hasta contradictorias: yuxtapuestos, demuestran la heterogeneidad del norte y las múltiples aproximaciones críticas que puede suscitar. Las limitaciones del volumen parten de su insalvable condición incompleta. Ninguno de los ensayos recibidos abordó representaciones del norte desde posturas regionales, una carencia reveladora de un campo cultural fragmentado que en muchos casos desfavorece a sus mejores escritores, como es el caso de escritores tan importantes como Jesús Gardea o César López Cuadras.
Nuestra convocatoria sugirió temas, mas no los asignó: la selección de autores estudiados así como la metodología fue opción de cada colaborador. El libro es entonces el reflejo de un momento específico en el cual las voces críticas más jóvenes responden a un campo literario marcado por las editoriales transnacionales y por el prestigio alternativo de las casas independientes. Al mismo tiempo, las selecciones de los colaboradores se pueden entender tanto por sus trayectos individuales de lectura como por sus formas de ciudadanía descentrada. Nuestros autores nacieron en distintos puntos del país e incluso en el extranjero; algunos tienen formación académica en México y otros están cursando estudios de posgrado o están ya integrados a circuitos profesionales en Estados Unidos, Canadá o Europa. No puede ser casual que las circunstancias biográficas de los escritores analizados en el libro reflejen también esta condición dislocada. Varios de los escritores estudiados viven en lugares tan dispares como Nueva Orleans (Yuri Herrera), París (Miguel Tapia), Varsovia (David Toscana) o la Ciudad de México (Eduardo Antonio Parra).
Sin duda, el coro intencionalmente disonante que compone este libro se habría beneficiado al incluir otras voces que no se escuchan fácilmente fuera de su localidad y que rompen con el paradigma más aceptado del escritor del norte. Esta ausencia, sintomática de los diferentes circuitos de distribución y de lectura del país, confirma lo mucho que queda por hacer para que nuestro fragmentado campo literario no se mantenga atrincherado en la defensa innecesaria de territorios inexistentes. Leído así, Tierras de nadie nos parece una intervención colectiva que, por sus logros e incluso por sus faltas, nos indica los múltiples derroteros intelectuales que aún quedan por explorar y que no serán agotados precisamente porque son espacios de significación que ningún esfuerzo crítico, efímero y contingente, podrá apropiarse jamás.

martes, julio 16, 2013

La lección del profesor Zavala


Había siempre una mesa amplia, llena de papeles y cartulinas, tijeras, pegamentos, marcadores de colores, y claro, lápices. Yo tendría unos tres o cuatro años y entendía que algo importante se manufacturaba y que todavía no me incluía. Como no podía ser de otro modo, la llanura del suelo era la única mesa legítima de mi infancia. Una cierta tarde insistí lo suficiente y mi papá y mi mamá cedieron y me dejaron tomar uno de sus lápices y subir a dibujar sobre la mesa de los grandes. Desde luego, me caí, y ahora el recuerdo de esa tarde está inscrito en una delgada línea sobre mi frente, señalando que en casa de profesores sólo es posible herirse al intentar escribir, como si lo más peligroso que uno puede hacer entre profesores es precisamente tomar un lápiz a destiempo e intentar usarlo sin las debidas advertencias, sin las guías que sólo se consiguen en la experiencia frente a los estudiantes y frente a otros profesores.

Muchos años después, mi hermano y yo decidimos reproducir la misma mesa de trabajo de casa de nuestros padres. Sé por cierto que también estará en la de mis hijos y en la de sus hijos. Sé también que en nuestra familia ser profesor es la forma más clara de habitar el mundo, y que esto implica la imposibilidad de conformarse con el conocimiento propio y por eso hay que arriesgarse a enseñar lo que también nos arriesgamos a aprender. Sé que en casa de mi hermano y en la mía es peligroso aferrarse a un lápiz sin el debido entrenamiento y que no está lejos el día en que nuestros hijos se graben la misma enseñanza en la frente que yo luzco en la mía. Pero mientras nos toca mantener activa la mesa de trabajo, ahora entiendo también que esa es la mejor lección de mis maestros. Que el aprendizaje y la enseñanza son oficios esencialmente riesgosos y que cuestan cicatrices en la frente que hay que saber merecerse.

El profesor Rosendo Zavala deja su escuela y vuelve a casa. Lo invito a mi mesa de trabajo y lo veo acomodarse en la silla con calma, paciente y generoso, dispuesto a recomenzar la lección que ahora tendrán que aprender los más jóvenes de mi casa cuando reciban el lápiz y se sienten a escribir, por vez primera, en la mesa de los grandes. 

domingo, julio 14, 2013

2666 y el narco: recordando a Bolaño a diez años de su muerte

Ahora que releo 2666 diez años después, me sorprende la enorme riqueza de significados que merece la atención crítica que está recibiendo y que aún dista de agotarse. Como lector agradecido, preparé un ensayo sobre la representación que Bolaño hace del narco en su obra maestra. El texto apareció en el Confabulario y se puede encontrar aquí. De última hora, cuando ya se había cerrado la edición, me di cuenta de que hubiera querido agregar un par de párrafos, pero me ganó el tiempo. Dejo aquí la versión completa del texto para los interesados en el tema.

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2666 y el rostro del narco

Oswaldo Zavala

En 2666 (2004), la novela póstuma de Roberto Bolaño, hay una escena en un bar de Santa Teresa —como se sabe, basada en la fronteriza Ciudad Juárez— en la que un policía judicial llamado Juan de Dios Martínez observa en la terraza del local a un hombre vestido de ranchero, sentado de espaldas, y cuyo rostro nunca puede ver directamente. El policía especula que se trata de un narcotraficante. Frente al ranchero está un joven acordeonista y una violinista, quienes intentan atraer su atención: 
Lo más triste de todo, pensó Juan de Dios Martínez, era que el narcotraficante o la espalda trajeada del supuesto narcotraficante, apenas se fijaba en ellos, ocupado en conversar con un tipo con perfil de mangosta y con una fulana con perfil de gata.

Cuando los músicos por fin llaman la atención del supuesto narco y sus acompañantes, algo ocurre que intriga al policía:
El tipo con perfil de mangosta se levantó de la silla y le dijo algo al oído al acordeonista. Luego volvió a sentarse y el acordeonista se quedó con un gesto de disgusto dibujado en los labios. Como un niño a punto de echarse a llorar. La violinista tenía los ojos abiertos y sonreía. El narcotraficante y la tipa con perfil de gata pegaron sus cabezas. La nariz del narco era grande y huesuda y tenía un aire aristocrático. ¿Pero aristocrático de qué? Salvo los labios, el resto de la cara del acordeonista estaba desencajada. Ondas desconocidas atravesaron el pecho del judicial. Este mundo es extraño y fascinante, pensó.

El supuesto narco permanece siempre anónimo, sin rostro, y es el único que no se distingue por un atributo animal (mangosta, gata). Su identidad imaginada le confiere de inmediato una función social específica que excede a la persona convencional y despliega violencia y poder sin tener que moverse de la mesa: es un narco. Cuando aparece su perfil por un instante, el judicial piensa en la aristocracia, en una élite que no consigue situar dentro del esquema de la sociedad conocida. La escena ilustra así la problemática manera en que se articula el imaginario del narco que predomina en la mayoría de las llamadas “narconovelas” en México: historias basadas en reflejos limitados de un fenómeno cuya realidad nos resulta inaccesible, lo real del narco únicamente posible a través de la construcción imaginaria de ciertos trazos de su violencia vista a una distancia infranqueable, donde la sensación del poder de una élite se intuye pero no puede conocerse.
A casi una década de su primera edición, 2666, la novela más ambiciosa y compleja de Bolaño, ha sido leída por la crítica académica a través de modelos teóricos que intentan rebasar la noción de una tradición literaria nacional. Con ello, algunos críticos sugieren entender la novela como una reflexión sobre procesos históricos mundiales que revela el violento fracaso de la modernidad occidental que experimentan en común, en el contexto del libro, México, Estados Unidos y Europa. Sharae Deckard, por ejemplo, propone comprender la estructura de 2666 como “sistemáticamente histórico-mundial, uniendo una semiperiferia particular (Ciudad Juárez) y una coyuntura histórica particular (el capitalismo tardío del milenio) con un vasto alcance geopolítico”. De modo análogo, Sergio Villalobos analiza 2666 como una “articulación planetaria del mundo a través de la guerra global”, siguiendo aquí la noción propuesta por el historiador italiano Carlo Galli para comprender las dinámicas mundiales que desactivan los conceptos decimonónicos de soberanía, territorio y nación. Estos acercamientos, desde luego válidos y productivos, se preocupan por trazar el arco histórico con el que Bolaño vincula la esclavitud africana, el holocausto y los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, fenómeno que Jean Franco, en su reciente libro Cruel Modernity, estudia como “un incidente en un colapso mundial”.
No obstante, 2666 ofrece también una aguda representación crítica de los primeros años del siglo 21 en México que la crítica encandilada por la globalización ha pasado por alto. Como explica el sociólogo Luis Astorga, la máquina presidencial del PRI sometió durante siete décadas a generaciones enteras de narcotraficantes. No se trató de una relación de complicidad o de tolerancia, sino de una total subordinación del crimen organizado al poder político. Con la caída del PRI en el 2000, el narco dejó de ser parte de la agenda oficial de Los Pinos. Y mientras Bolaño escribía, el país ya se despeñaba hacia una profunda crisis de gobernabilidad con la fragmentación del poder político y el debilitamiento del Estado que trajo la consolidación del neoliberalismo como única estructura aceptable de gobierno. Esta crisis alcanzó su punto álgido con la presidencia de Vicente Fox, que se distinguió, según Astorga, por “la inexistencia de una política de seguridad de Estado” que permitió “un mayor grado de autonomía de policías, militares y traficantes respecto del poder político”. Entre sus muchos aciertos, 2666 da cuenta de esa fragmentación del poder. En ese sentido y contra el juego de temporalidades sugeridas por su título, la novela es el fiel reflejo de su época, en particular con su representación del norte de México en “La parte de los crímenes”. Esa sección —la más abundante de las cinco que integran el libro— se estructura alrededor de los dos fenómenos de violencia sistémica más importantes de la frontera: los cientos de asesinatos de mujeres que comenzaron a reportarse desde 1993 —el último año de la presidencia de Carlos Salinas de Gortari— y el narcotráfico. En 2666, ambos fenómenos surgen de las mismas condiciones de posibilidad en un país post-PRI: las redes locales de complicidades oficiales y extra-oficiales que en Santa Teresa regulan el flujo de drogas y disciplinan la violencia sin la intervención de fuerzas federales. Consideremos, por ejemplo, el episodio en que Pedro Negrete, jefe de la policía de Santa Teresa, contrata al joven Lalo Cura para trabajar como “hombre de confianza” de su “compadre” Pedro Rengifo, un prominente empresario local. Cuando Lalo Cura salva la vida de la esposa de Rengifo durante un atentado perpetrado por dos sicarios, entre ellos un policía estatal, Negrete reclama al empresario el haber expuesto al joven pistolero de un modo innecesario. Negrete decide entonces convertir a Lalo en detective, pero es hasta mucho después que este último se entera de que el empresario Rengifo es también un narcotraficante.
Esta íntima relación entre policías locales, empresarios y narcos reaparece más adelante cuando otro policía comenta con Lalo Cura el asesinato de la reportera de radio Isabel Urrea, cuya agenda personal confirma el orden político local en la investigación del crimen:
Encontré los teléfonos de tres narcos. Uno de ellos era Pedro Rengifo. También encontré los números de varios judiciales, entre ellos un jefazo de Hermosillo. ¿Qué hacían esos teléfonos en la agenda de una simple locutora? ¿Los había entrevistado, los había llevado a la radio? ¿Era amiga de ellos? ¿Y si no era amiga quién le había proporcionado esos teléfonos? Misterio.
En 2666, el negocio del narco opera ahora entre gobernadores, procuradurías estatales y empresarios que construyeron fueros semiautónomos e independientes del poder federal central, reconfigurado en el vacío de poder que inauguró la elección presidencial de 2000.
La cuidadosa representación del narco que Bolaño lleva a cabo en su novela sólo es comparable a un puñado de novelas. Destaco entre ellas Contrabando (publicada en 2008 pero escrita en 1991), en la que Víctor Hugo Rascón Banda dramatiza la brutalidad del Estado policial que mantuvo sometido al poder del narco hasta entrados los años 90. De igual importancia resulta El lenguaje del juego (2012), novela en la que Daniel Sada comprueba la potencia crítica de su visión del norte al explorar el modo en que el narco, solapado por los poderes fácticos, ha destruido el tejido social en los pequeños poblados de la región. En la última década, sin embargo, el campo literario mexicano ha celebrado el éxito comercial de numerosas narconovelas que independientemente de su nivel de realismo promueven la narrativa oficial que explica el fenómeno del narco a partir de una sempiterna lucha de cárteles y la mitológica vida y muerte de capos como Joaquín “El Chapo” Guzmán. Novelas como Fiesta en la madriguera (2010) de Juan Pablo Villalobos, Perra brava (2010) de Orfa Alarcón o Trabajos del reino (2008) de Yuri Herrera, imaginan al narcotráfico en México exactamente del modo en que el Estado describe el fenómeno: como una apocalíptica infestación de cárteles de la droga que en ciertos territorios periféricos del país actúan desde un afuera hipotético del Estado mexicano. Lo que estos libros denominan “narco” en México está constantemente mediado por discursos hegemónicos generados por el Estado, por estrategias de representación que mitifican a las organizaciones criminales y que son visibles en estudios académicos, investigaciones periodísticas y textos literarios que poco se diferencian entre sí pero que describen reiteradamente un mismo conjunto limitado de imágenes que opera a su vez como el paradigma de representación dominante en toda discusión sobre el tema.
Para articular una representación crítica sobre el narco no basta, como suponen algunos, con abandonar el léxico recurrente (“sicario”, “plaza”, “cártel”, el “narco” mismo). Tampoco es suficiente repetir la perogrullada de que el escritor sólo tiene la encomienda de “escribir bien”, como si la praxis literaria fuese reducible a una cuestión de forma sin fondo, como si el ideal modernista de la autonomía literaria no fuese justamente eso: un ideal irrealizable. Para escribir literatura contrahegemónica en torno al narco es crucial entender, siguiendo a José Revueltas, que el objetivo de todo escritor debería ser “comunicar bien”, lo que equivale a articular un saber específico que desde la literatura consiga elucidar de un modo crítico el narcotráfico evitando la fuerza de los discursos oficiales que buscan reducir el comercio de la droga a imaginarios cárteles que sobrepasan el poder del Estado y supuestamente controlan múltiples regiones del país.
En Los sinsabores del verdadero policía, Bolaño juzga en boca de uno de sus personajes: “el estilo es un fraude”. Más que una simple provocación, Bolaño retoma aquí una de las más célebres consignas de Borges en su ensayo “La supersticiosa ética del lector”. Contra la condición inamovible de la “página perfecta” cuyo delicado orden no tolera alteraciones, Borges admira la obra fluida e inestable que mantiene sus significados en movimiento: “la página que tiene vocación de inmortalidad puede atravesar el fuego de las erratas, de las versiones aproximativas, de las distraídas lecturas, de las incomprensiones, sin dejar el alma en la prueba”. Acaso esa es la lección más importante aprendida por Bolaño en las lecturas finales de su Borges. Si “el estilo es un fraude”, en la poética de Bolaño esto implica prácticas literarias con el objetivo de producir discontinuidades que no temen desarticular las estructuras narrativas, sacrificar tramas, desatender a personajes si en cambio privilegia los hallazgos de significados críticos y trascendentes, o trascendentes en tanto críticos.
2666 consigue como pocos libros una crítica alternativa del narco porque, en vez de invertir su capital en los fuegos pirotécnicos del estilo, Bolaño produce una narrativa que relocaliza al Estado y a sus lógicas de poder en el centro de su análisis del narco, es decir, reposiciona al Estado como el significante central del narco. 2666 se adentra en los laberintos del poder oficial y descubre al narco siempre inscrito bajo el nombre de los empresarios, de los policías y de los políticos gobernantes, siempre adentro de las estructuras de Estado. Como con el personaje de Lalo Cura, el lector se sorprende de encontrar narcos que no buscan apagar una insaciable sed de sangre y que no viven de modos excéntricos y ridículos en bunkers amurallados. El arquetipo oficial del narco se disuelve en 2666 con el personaje de ese empresario que entre sus múltiples negocios además invierte en el comercio de la droga, siempre vigilado y controlado por la policía y la política local.    
Resistir la tentación de la complaciente mitología del narco que ha dado fama y fortuna a tantos novelistas mexicanos que sueñan con alcanzar el éxito de La reina del sur, es una de las muchas enseñanzas de la obra de Bolaño. En este sentido, quienes insisten en que Bolaño no escribió una obra maestra, en verdad no han leído 2666 o la han leído mal. Por mi parte, desde luego, señalo apenas una de sus múltiples posibilidades de lectura sin reducir de ningún modo los alcances de su obra al tema del narco. Y aunque Bolaño sólo roza este debate tangencialmente, su tratamiento es magistral. Al volver a la escena sobre el narcotraficante cuyo rostro nunca vemos en 2666, se advierte la dramática imposibilidad de observar lo real del narcotráfico, que siguiendo a Lacan, está apenas insinuado en el orden de lo simbólico. Como intenta el policía de Bolaño, es necesario asumir una imaginación crítica que nos permita narrar el narco más allá de las vestimentas y las acciones que lo vuelven igual a sí mismo, es decir, idéntico a su recurrente cliché. Es imprescindible esclarecer las redes de poder en las que opera, elucidar desde lo literario las coyunturas políticas y económicas que lo condicionan, y finalmente preguntarse, con ese personaje de Bolaño, qué aristocracia representan, a que élite, en verdad, pertenecen. 

lunes, julio 08, 2013

Tierras de nadie en Canal 22.

Tierras de nadie en Cuartoscuro

La presentación de Tierras de nadie: el norte en la narrativa mexicana contemporánea fue desde luego una delicia celebrada el 27 de junio pasado en el Museo del Estanquillo. Aquí una nota publicada en Cuartoscuro.  Fue un verdadero placer hablar del libro en compañía de mi coeditora, Viviane Mahieux, David Miklos y Juan Pablo Anaya. Agradezco a Mónica Nepote, Mauricio Montes y Claudia Zepeda su generosa y amable atención. Aquí el link por si el otro no sirve: http://cuartoscuro.com.mx/2013/07/tierras-de-nadie/


martes, febrero 12, 2013

Tierras de nadie: el norte en la narrativa mexicana contemporánea

Recién apareció Tierras de nadie: el norte en la narrativa mexicana contemporánea, coeditado por Viviane Mahieux y por mí. Abajo la descripción del libro preparada por Conaculta y una nota periodística de la presentación que hice en la FIL junto con Eduardo Antonio Parra y David Toscana (La nota apareció en Sinembargo.mx). 

 La obra de Daniel Sada, Eduardo Antonio Parra, David Toscana, Luis Humberto Crosthwaite y Carlos Velázquez, entre otros escritores, es objeto de un análisis por parte de jóvenes autores, vertido en el libro Tierras de nadie. El norte en la narrativa mexicana contemporánea, para demostrar que la llamada literatura del norte es mucho más que desierto y balazos.

Editado en el Fondo Editorial Tierra Adentro de la Dirección General de Publicaciones (DGP) del Conaculta, Tierras de nadie… compilado por Viviane Mahieux y Oswaldo Zavala, reúne 10 ensayos, un texto introductorio y un total de 12 voces que se proponen liberar de todo prejuicio y etiqueta editorial, a una corriente que se resiste a ser encasillada en modas pasajeras como la narcoliteratura.

 Se trata de un valioso estudio que aborda a un grupo de autores clave para entender el fenómeno cultural y literario de una zona geográfica tan compleja como estimulante. “El fabulador en octasílabos o el corridista culto. La prosa rítmica de Daniel Sada, de Geney Beltrán Félix; “Toscana iluminado. Estatuas que babean”, de Christina Soto van der Plas; “De biblias y marranas. Carlos Velázquez, por una literatura travestida”, de Ana Sabau, y “Miguel Tapia Alcaraz. Miedo y angustia a ritmo norteño”, de Mariana Martínez Salgado, son parte de los ensayos contenidos en la obra.

 En la presentación del libro, "El nomos del norte", Mahieux y Zavala refieren que cada texto se propone, “siguiendo muy variados acercamientos, lecturas analíticas sobre el norte en determinadas encrucijadas culturales y políticas que ponen de manifiesto relaciones de poder y fenómenos culturales complejos, y que aunque referidos desde el norte, con frecuencia implican directa o indirectamente a otras regiones del país, del hemisferio y del mundo, produciendo diálogos teóricos exógenos e inusuales”.

 Mencionan que aunque la lista de autores abordados pudo haber incluido muchos más, como a Jesús Gardea, Nellie Campobello, Carlos Montemayor, Rosina Conde, Heriberto Yépez o Rosario Sanmiguel, la obra de los que sí aparecen “permite experimentar el norte en todo su potencial polifacético.

 “Quisimos privilegiar la frescura de la libertad temática y teórica en cada artículo, por lo que el volumen gana en variedad discursiva y remite a las intervenciones eclécticas y espontáneas de una conversación animada. Partimos de la premisa de que el norte es un campo de estudio en constante transformación; por lo tanto, este libro se ofrece como una contribución a una discusión en proceso más que como un diagnóstico post mórtem de un momento en la historia cultural mexicana”, agregan.

jueves, enero 31, 2013

Texto que Felipe Calderón debió leer en diciembre de 2006 y que Enrique Peña Nieto tampoco leerá (entre otras razones porque no sabe leer)

"...with the exception of wars of liberation, everything that armies do is by foul means. The words passive obedience indicate this. An army is a strange masterpiece of combination where force results from an enormous sum of impotence. Thus is war, made by humanity against humanity, despite humanity, explained". Victor Hugo, Les misérables, vol. II, book second, ch. III