lunes, febrero 20, 2012

Sobre las batallas de Ciudad Juárez

Buscando algo en mis archivos encontré este texto que publiqué en un libro en 2010 y que me habría gustado circular más. Se trata de un artículo sobre la batalla de Ciudad Juárez de 1911 y su actualización con la "guerra" de Calderón. El texto fue originalmente publicado en el libro Conciencia mexicana. Bicentenario de la Independencia y centenario de la Revolución, edición de Rodrigo Pereyra Espinoza (Lubbock: Céfiro Press and Cálamo, 2010. 218-228).

Los intervalos del futuro: Ciudad Juárez en la Revolución

Una cuarteadura invisible, un leve rendijo por donde se coló de repente el aire de afuera, y aquella capitosa cámara, incapaz de la oxigenación, estalló como bomba.
Alfonso Reyes
, Pasado inmediato

2010: Observo una fotografía capturada por el periodista fronterizo Julián Cardona: el póster de una mujer, acaso una modelo, con el rostro resquebrajado y con un orificio de bala atravesando sus labios. Dentro se ve la tierra, oscurecida por la imagen en blanco y negro. Pareciera que el póster fue arrancado de una pared. Tal vez la misma bala lo lanzó a la terracería. Julián lo encontró en una casa donde en 2004 la policía federal desenterró los cadáveres de doce personas. Un informante alertó a la agencia estadounidense de Homeland Security cuando las víctimas seguían vivas. La agencia optó por no hacer nada. En otra fotografía, la casa aparece revuelta, con paredes cuarteadas, basura y desperdicios. Son imágenes de Ciudad Juárez. Metáforas elocuentes.

La revista británica Frontline incluyó un desplegado con otras fotografías acompañadas de un texto titulado “J-war-ez”. Emulando el acento anglosajón, Julián convierte el mismo nombre de Ciudad Juárez en el sitio de un conflicto armado. Resume la realidad brutal que comparte a diario con los más de un millón y medio de juarenses: cuerpos decapitados colgando de puentes, ejecuciones múltiples en centros de rehabilitación para drogadictos, fusilados contra paredes a plena luz del día, rematados en hospitales, en las principales calles de la ciudad, entre secuestros exprés y de mediano plazo y la extorsión a tiendas de abarrotes, consultorios médicos, firmas de arquitectos, de abogados, escuelas públicas. La presidencia de Felipe Calderón desató una “guerra” contra el narcotráfico a finales de 2007, cuando la cifra total de asesinatos de ese año no rebasó las 400 víctimas. A partir de la militarización de la ciudad, en 2008 se registraron 1,623 ejecuciones. 2009 alcanzó un nuevo récord: 2,657 asesinatos. El aumento de más del 800 por ciento en dos años ha convertido a Juárez en “la metrópoli más violenta a nivel mundial” de acuerdo con un estudio hecho por el Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Social. En 2009 se cometieron en Juárez 191 asesinatos por cada 100 mil habitantes, según ese documento. En la misma proporción, le siguen San Pedro de Sula, Honduras y San Salvador, con 119 y 95 asesinatos, respectivamente. “Mucho tiene que ver que algunos militares han sido cooptados por el narcotráfico, por lo que es necesario analizar su salida de Juárez”, declara José Antonio Ortega Sánchez, presidente de esa asociación civil (Figueroa). El conteo sigue: en lo que va de enero de 2010, ya se han cometido más de 100 ejecuciones en Juárez a un promedio de diez diarias.

Julián habla con un activista de derechos humanos que omite su nombre pero que refuta la tesis del gobierno federal. No se trata del cártel de Sinaloa y su jefe “El Chapo” Guzmán tratando de arrebatar la plaza al Cártel de Juárez. Ni siquiera existe la lucha entre carteles. Existe una ciudad en manos de fuerzas federales que llegaron para destruir el narcotráfico y el narcomenudeo local controlado por “La Línea”, esa organización integrada por policías municipales y estatales corruptos. Juárez ya no es sólo uno de los corredores predilectos para el tráfico de drogas. Se ha convertido en la última década en una zona de alto consumo y las fuerzas federales van contra sus dueños. Nadie puede decir con certeza que ha visto a narcotraficantes asesinarse entre ellos. Muchos, en cambio, han sido víctimas de primera mano de todo tipo de crímenes y delitos cometidos por soldados y agentes federales, o por comandos de sicarios armados que operan sin el menor contratiempo en la ciudad. Concluye el texto de Julián:

"¿Y si El Chapo no está detrás de esto, entonces quién? “Es el ejército, estúpido”. Esto es lo que se escucha en la calle. La búsqueda de una respuesta verdadera a esta pregunta es un motivo suficiente para seguir escribiendo la historia desde aquí" (“J-war-ez” 9).

1911: Agotada la vía democrática y pacífica, Francisco I. Madero, exiliado en San Antonio, Texas, convoca a las armas el 20 de noviembre de 1910. Pero sólo hasta el siguiente año entiende que volver a territorio nacional para tomar Ciudad Juárez será la clave para derrotar al ejército federal y a la dictadura de Porfirio Díaz. Será el revés simbólico de un pomposo y celebrado encuentro oficial que Díaz había sostenido allí el 16 de octubre de 1909 con el presidente estadounidense William Taft. Esa ciudad fronteriza —la más importante de la época en el país— había sido ya escenario de un primer brote rebelde liderado por Abraham González, quien convocó a Pascual Orozco y a Giuseppe Garibaldi (nieto del libertador de Italia), para intentar una primera ofensiva el 5 de febrero de 1911. El historiador Pedro Siller apunta que González consiguió reunir las dos corrientes básicas de la Revolución: los ideólogos de la democracia maderista y los hombres sencillos que pronto se convertirían en caudillos protagonistas del conflicto armado: Orozco y Francisco Villa (50). Perseguido y con sus fuerzas dispersas, Madero encuentra en Juárez un grupo organizado y con jefes de enorme poder y carisma entre los insurgentes, además de la simpatía de los ciudadanos de ambos lados del Río Bravo. A orillas de ese cauce, la frontera natural entre los dos países, Madero establece su campamento rebelde y el Gobierno Provisional de México y prepara una nueva ofensiva en la plaza.

Allí los conoce el fotógrafo británico Jimmy Hare el 15 de abril de 1911, enviado por la entonces influyente revista ilustrada Collier’s, basada en Nueva York. Hare había distinguido su carrera periodística, entre otros eventos, al cubrir el hundimiento del barco Maine que desató la guerra entre Estados Unidos y la Corona Española por el control de Cuba y otras últimas colonias españolas. El investigador Miguel Ángel Berumen recuerda que Hare llega un día antes de que se establezca el ejército maderista en Ciudad Juárez. De hecho, se adelantó en más de un mes a los corresponsales de la Semana Ilustrada, una publicación similar a Collier’s en la Ciudad de México. Mientras que Hare cubre toda la campaña militar maderista y en especial los tres días de la batalla —del 8 al 10 de mayo—, los corresponsales mexicanos llegaron a la frontera el 18 de mayo, una semana después de consumado el asalto a Ciudad Juárez (Berumen 58).

2010: Converso con Julián en la sala de su casa. El invierno en Juárez es agudo. Sobre todo cuando comienza a fallar el pequeño calentón de gas que empañaba las ventanas y mis anteojos. El piso de la casa es de concreto. El baño no tiene puerta. Cuando lleno un vaso con agua, pongo atención en no derramarlo en el piso, pues no hay lavabo en la cocina. De hecho, no hay cocina.

Es fácil imaginarse una casa semidestruida por una granada y los tiros de un pelotón sin escrúpulos. Pero es el reverso: la casa está semiconstruida. Julián ha invertido todo su capital en un diseño moderno, que dispone del espacio con arte e inteligencia. Una pared sostendrá el trabajo de fotógrafos que Julián admira. En otra ya instaló un librero para su creciente biblioteca. Desde el segundo piso puede admirar el tráfico de la avenida Paseo Triunfo de la República, la arteria principal de la ciudad que hacia el sur se convierte en la carretera Panamericana. Desde el sillón de la sala, es también la avenida donde con frecuencia se escuchan disparos. Hace algunos días, un comando asesinó a una persona que comía en un Applebee’s, a unas cuadras de la casa de Julián.

Cuando Charles Bowden reunió a Julián y a otros fotógrafos fronterizos para preparar el libro Juárez: el laboratorio de nuestro futuro, pocos pusieron atención al desastre que se avecinaba. El libro se publicó en 1998 y aún faltaba más de una década para que la ciudad entrara en la profunda crisis de violencia y descomposición que experimenta actualmente. Como Hare, Julián y Bowden comenzaron a reportear mucho antes que aparecieran como paracaidistas los autores de libros fantasiosos que han convertido los asesinatos de mujeres en un redituable negocio editorial. Las teorías de asesinos en serie y de conspiraciones entre empresarios, narcotraficantes y políticos corruptos sólo eximen de su responsabilidad al fallido Estado mexicano. Bowden conjetura que Ciudad Juárez es ante todo el territorio de los más crudos efectos de la globalización, el ground zero del éxito (para una minoría enriquecida) y del fracaso (para la mayoría miserable) de la era neoliberal que se impuso en México a partir del Tratado de Libre Comercio en 1994. Ciudad Juárez como experimento del futuro por venir, escribe Bowden:

"Esta vez no sabremos cómo llamarlo, porque en el siglo veinte hemos usado todos los nombres: progreso, revuelta, revolución, terrorismo, guerras de liberación nacional, genocidio. Hemos agotado nuestro lenguaje tratando de escribir con palabras lo que sabemos que vendrá" (Juárez: The Laboratory of Our Future 117).

Los miles de asesinatos de mujeres y hombres atraen una lucrativa atención mediática, exacerbada en estos dos últimos años. Pero junto con la violencia en las calles, Bowden y Julián intentan una crónica de la gran tragedia de nuestros tiempos, la migración masiva de México a Estados Unidos, el “éxodo” que surge de un Estado inoperante hacia un país que se convierte en otro con su llegada.

"La guerra de Irak es simplemente la inevitable y más reciente consecuencia de una pasión por el poder imperial. Pero la migración es el resultado del fracaso tanto de la política económica de Estados Unidos como de su política exterior. La guerra es lo que fuimos, los migrantes es lo que seremos" (Exodus 92).

Para documentar su investigación, Bowden y Julián han recorrido durante años la frontera entre México y Estados Unidos. Los textos de Bowden enuncian los hallazgos visuales de Julián. Bowden observa a su compañero de viaje y anota: “Él capturará la eternidad, esa belleza entre el hedor y el polvo y la tierra y el vidrio roto y los labios pintados de las jovencitas que se ofrecen en los portales” (Exodus 186-87).

1911: El Campamento del Ejército Libertador se establece en la “Casa de Adobe” a “orillas del Bravo, frente a Ciudad Juárez”, el 16 de abril, según aparece indicado en los comunicados oficiales del movimiento (Berumen 38). La ubicación tiene ventajas sin precedentes en la Revolución. El acceso inmediato a armas del lado estadounidense y a una ruta de escape segura, son beneficios previsibles. Más inesperada es la línea telefónica que la compañía estadounidense Bell extiende de El Paso a Juárez hasta el modesto cuartel para que Madero pueda comunicarse en todo momento con sus seguidores y con autoridades de las dos ciudades. Hay más:

"Frente a la Casa de Adobe había un puente colgante por donde se podía cruzar para ir a El Paso. […] Por la orilla norte del puente pasaba un tranvía eléctrico que iba hasta el centro de El Paso. Los paseños, entre los que se encontraban muchos mexicanos, no ocultaban su simpatía hacia los revolucionarios, cruzaban el río por ese puente para conocer y saludar a los jefes rebeldes y a la tropa. Les llevaban ropa, alimentos, armas y parque" (Siller 109).

A finales de abril van llegando otros maderistas e incluso familiares de Madero, como su padre y su hermano Gustavo. Por su parte, los enviados de Díaz regatean la paz atendiendo a casi cualquier demanda rebelde, excepto la posibilidad de renuncia del dictador. Para calmar los ánimos de sus tropas que ya comienzan a desesperarse por el ataque suspendido durante las negociaciones, el 27 de abril Madero realiza una ceremonia para reconocer y condecorar a sus lugartenientes. Nombra general brigadier a Orozco, mientras que Villa y Garibaldi son ascendidos a coroneles (118). Los 2,500 soldados rebeldes observan el ritual militar, documentado por Hare. El fotógrafo lleva “una cámara alemana de negativos de vidrio y de rollo y una Kodak automática” (Berumen 173). También captura imágenes de la celebración del 5 de mayo, otro método de Madero para ganar tiempo entre su ejército ansioso de acción. Múltiples fotógrafos amateurs inundan el campamento rebelde. Quieren tomarse fotos con los jefes. Algunos esperan horas bajo el sol inclemente para darle la mano a Villa y retratarse con él.

2010: El presidente Calderón envía a Juárez 7,500 soldados y 2,300 agentes federales para llevar a cabo el Operativo Conjunto Chihuahua. La ciudad de inmediato comienza a arder. En 1997, a la muerte de Amado Carrillo Fuentes, jefe del Cártel de Juárez, algunos asesinatos en restaurantes horrorizaron a los juarenses y dominaron las portadas de periódicos y los noticieros de radio y televisión. Ahora, la violencia se normaliza gradualmente, produce una incómoda costumbre, como cuando el calor supera los 40 grados en el verano o cuando la nieve vuelve intransitable las calles en el invierno. Diez o quince ejecuciones no son motivo ya de la nota de ocho columnas: en un solo texto en la parte inferior de la portada, los periódicos agrupan a los muertos, como los camiones de redilas que recogieron los cuerpos de los caídos durante la batalla por Ciudad Juárez para entregarlos a sus deudos. Las balaceras ocurren a cualquier hora del día en cualquier parte de la ciudad: un restaurante familiar, el estacionamiento de un centro comercial, la avenida frente a las instalaciones de la Policía Judicial Estatal. El vocabulario de los juarenses cambia con su realidad: hace poco escuché a jóvenes estudiantes de preparatoria hablar de unos hombres que “sicarearon” en la calle, cerca de su barrio.

1911: Jimmy Hare no va a esperar permisos oficiales ni autorizaciones verbales de nadie. Recorre el campamento insurgente fotografiando a los aprendices de caudillos. El general porfirista Juan Navarro ha ordenado impedir el paso a fotógrafos dentro de la ciudad, en poder del ejército federal. Teme que el trabajo de los reporteros gráficos ofrezca información valiosa a los sediciosos, como la ubicación del territorio minado que espera el ataque de los maderistas. Hare camina de cualquier modo hasta el cuartel general de los federales. Pide permiso personalmente al general Navarro para hacer su trabajo. Navarro, desde luego, se lo niega. Hare recuerda:

"El General Navarro se negó a posar para mí hace una semana y también me prohibió tomar fotos de la ciudad. Aquí estoy fotografiando la ciudad y el General se está escondiendo" (Berumen 51).

2010: No hay leyes precisas para fotógrafos en Ciudad Juárez. A veces es posible fotografiar delincuentes sin temor a represalias. A veces la fotografía de unos agentes de policía municipal cuesta una paliza que casi te hace perder un ojo, como ocurrió a Jaime Murrieta, fotógrafo de El Diario (Redacción). Pero las reglas, como todo en esta ciudad, se hicieron para romperse.

Una imagen incluida en Juárez: el laboratorio de nuestro futuro fue tomada por Julián sin permiso oficial. Es el interior azulado del anfiteatro. Hay seis cadáveres. Fueron asesinados en un popular restaurante de la ciudad sobre la avenida Paseo Triunfo de la República en 1997, en uno de los primeros tiroteos públicos entre supuestos narcotraficantes. Los medios locales invirtieron meses cubriendo la noticia. Julián y yo éramos reporteros de El Diario. Se nos advirtió que no podíamos entrar a la morgue. Julián simplemente caminó hacia el interior. El encargado aparece en el fondo de la fotografía, manoteando en el aire para detenerlo. La prohibición es ahora tan imborrable como inefectiva.

1911: Madero ha decidido confiar en un mensaje emitido por Porfirio Díaz, quien asegura que "se retirará sí, del poder, pero cuando su conciencia le diga que al retirarse no entrega al país a la anarquía y lo hará en la forma decorosa como conviene a la Nación y como corresponde a un dignatario que podrá, sin duda, haber cometido errores, pero que en cambio también ha sabido defender a su patria y servirla con lealtad" (Siller 140).

Es el 7 de mayo y las tropas han estado listas para tomar la ciudad desde hace semanas. No quieren saber más de las negociaciones entre Madero y los que fueron llegando desde la capital. ¿Qué tiene que hacer José María Pino Suárez entre rebeldes que no requieren ya dialogar con los enviados del dictador? Han sido generosos en su espera pero su paciencia se ha agotado. La renuncia incondicional de Díaz, están convencidos, sólo se la arrancarán a balazos. Pero Madero ha interpretado el mensaje como la renuncia que ahora se le antoja inevitable. Por eso ha ordenado a Orozco y a Garibaldi que desmonten las posiciones de ataque. Que comuniquen a las tropas que la alerta ha pasado. Madero promete a sus soldados una “marcha triunfal” hacia la capital.

"Demasiado tarde. La mañana del día 8 estaría llena de sorpresas para Madero. En sus memorias, Garibaldi dice que el 7 de mayo por la noche Pascual Orozco, Francisco Villa y él se reunieron para tomar la decisión de rebasar al mando político: “acordamos atacar Juárez… sin consultar a Madero” (Siller 146).

2010: Amnistía Internacional afirma en su reporte México: Nuevos informes de violaciones de derechos humanos a manos del ejército, publicado hace algunas semanas, que "el delito no se combate con más delito, y la gravedad de una crisis no puede convertirse en una justificación del uso de métodos ilegales, ni en un pretexto para cerrar los ojos ante la comisión de abusos. El objetivo de este informe es poner de manifiesto un grave panorama de violaciones de derechos humanos perpetradas recientemente por miembros del ejército mexicano y pedir que las autoridades civiles y militares tomen de inmediato medidas eficaces para poner fin y remediar estos abusos" (7).

La ONG documenta cientos de denuncias de casos en que ciudadanos de Juárez y de otras partes del país han sido secuestrados, torturados y asesinados a manos de soldados enviados por Calderón en lo que ha sido llamado Operativo Conjunto Chihuahua para atacar a los cárteles de la droga. La Comisión Estatal de los Derechos Humanos dice haber recibido más de 1,450 denuncias de desapariciones, torturas y cateos ilegales. Lo peor del reporte, sin embargo, es lo que no consigue documentar: “Amnistía Internacional cree que estas cifras no reflejan el verdadero número de casos de tortura, desaparición forzada y homicidio ilegítimo, que es mucho mayor” (6). Gustavo de la Rosa Hickerson, primer visitador de la comisión, afirma que los soldados están operando bajo órdenes directas de sus generales (Cano). El mismo visitador ha sido después amenazado de muerte.

Los soldados y los agentes federales controlan totalmente la ciudad, me explica Julián. Aunque no es necesario que lo diga: es imposible circular en cualquier avenida o calle sin sentir la presión de un convoy con agentes vestidos de negro, con chalecos antibalas, el rostro cubierto con pasamontañas y cargando armas largas. Me han detenido hasta tres veces en un mismo día. Piden que baje del automóvil. Otros como yo esperan, con nerviosismo cooperativo, a que los soldados revisen documentos y ausculten la guantera, debajo de los asientos, la cajuela. Luego la inevitable pregunta de cada ciudadano, que aún en silencio es mejor hacérsela a solas, lejos del retén militar: ¿Cómo es posible que durante el día un sicario mate familias enteras en esta misma avenida, para después escapar ileso? ¿Por qué los miles de soldados y agentes federales nunca logran detener a ninguno de los asesinos?

Un siglo después de la batalla que derrocó a Porfirio Díaz, Ciudad Juárez es el sitio crucial del conflicto armado que completa la trilogía de nuestro fracaso como Estado-Nación: 1810-1910-2010. En el tercer siglo de nuestros rituales de sangre, Juárez ha sido tomada de nuevo, pero esta vez el ejército federal va ganando la batalla contra los rebeldes fronterizos.

1911: Soldados de Villa, Orozco y Garibaldi provocan los primeros tiroteos con generales. Navarro, sorprendido, se comunica de inmediato con Madero, quien le asegura que es algo accidental, que ahora mismo ordena el cese al fuego. Nadie lo escucha, por supuesto. El general Navarro recibe órdenes de no disparar: una bala perdida que asesine a un ciudadano estadounidense puede ser la excusa perfecta para una intervención desde el norte. Las tropas rebeldes se abren paso así de norte a sur con rapidez. Los soldados federales comienzan a retroceder. Los fotógrafos Jimmy Hare, Homer Scott y Otis Aultman avanzan con los rebeldes disparando sus cámaras. En algún momento Hare se detiene a dar agua a un herido. Suben y bajan de los techos de las casas, atraviesan la línea de fuego para cambiar de ángulo en las callecitas del centro. Es el 10 de mayo:

"Los insurrectos parecían tener el control de la ciudad. Alcanzó (Hare) la iglesia y al llegar, ya había sido evacuada por los federales, subió al techo y tomó muchas fotografías interesantes. Le dijeron en la calle que Juárez había caído, pero después de eso escuchó disparos y pensó que la información era inexacta. Preguntó a algunas personas y supo que Navarro seguía haciendo resistencia en las barricadas" (Berumen 98).

2010: Primero se organizó en 1995 la exposición Nada que ver, de donde surgió una parte sustancial del material fotográfico incluido en el libro. La publicación de Juárez: el laboratorio de nuestro futuro selló el vaticinio de lo visto por las cámaras de los fotógrafos juarenses: una ciudad a punto del colapso. Los interminables empleos de las maquiladoras son una ilusión que el Tratado de Libre Comercio va a desmantelar en 1994. Estados Unidos endurece su política migratoria unos meses antes: en septiembre de 1993, la nada resguardada línea fronteriza entre Juárez y El Paso se cierra para siempre. Julián recuerda que antes de la operación “Hold the Line” era posible cruzar el Río Bravo en un neumático. El viaje de apenas unos minutos costaba dos dólares. Muchos jóvenes juarenses lo hacían para ir a conciertos de rock en El Paso. Repentinamente, la ciudad se transformó:

"Hombres que cruzaban a diario para trabajar en construcción, agricultura o jardinería ahora tiraban piedras a agentes de la Patrulla Fronteriza cubiertos con máscaras antigas y equipo para repeler protestas en el puente Santa Fe. Una semana después de comenzado el bloqueo, el precio para ser llevado a Estados Unidos subió de 20 a 100 dólares. Los inmigrantes encontraron rutas más secretas y peligrosas, como túneles de drenaje bajo el río hacia El Paso. Tres meses y medio más tarde, el TLC entró en vigor y bloqueos similares fueron puestos en marcha en las zonas urbanas de toda la frontera entre México y Estados Unidos" (Exodus 265).

El futuro no supo esperar más.

1911: Una fotografía de la colección Scott y Aultman muestra a soldados rebeldes afuera del cuartel militar federal. Dentro, el general Navarro está a punto de firmar su rendición. Berumen anota que Garibaldi se da cuenta al llegar que el fotógrafo Hare ya estaba listo para documentar el episodio final de la batalla. En la fotografía, una bota aparece colgada de uno de los marcos de la puerta. Berumen piensa que debe ser Hare, quien capturó la rendición desde el mejor ángulo de todos: la azotea del cuartel. Dos fotografías suyas resumen lo ocurrido esos días de mayo en Juárez: en la primera, el general Navarro conversa derrotado con Madero. Ambos miran hacia el suelo, como si los dos hubieran perdido la guerra, como si en la revolución mexicana nadie pudiera nunca ganar nada. Afuera, decenas de soldados caminan entre basura y escombro. Una carreta recoge cadáveres. Los soldados pisan uniformes llenos de tierra en el suelo (Berumen 198, 200-201).

2010: Bowden narra viñetas de la vida de Francisco Villa como metáforas episódicas de los problemas endémicos de México. El periodista estadounidense reproduce una conversación entre Villa y Madero que se dio durante la celebración por la toma de Ciudad Juárez, pero que bien podría ocurrir entre el secretario de la Defensa y el presidente Calderón. Mientras, la gente de Madero —amigos y familiares de buena posición que simpatizaban con el movimiento pero que no pelearon en la batalla— festejan en el edificio de la Aduana.

Cuenta Villa:

"Fui porque me lo pidieron, pero ya sentía un odio a muerte por todos esos elegantes dandis, perfumados. Habían empezado por ‘espiches’ y esa bola de políticos hablaba sin parar. Entonces Madero me dijo, ‘Y tú, Pancho, ¿qué piensas? La guerra ha terminado; ¿no estás feliz? Dinos unas palabras’. Yo no quería decir nada, pero Gustavo Madero [hermano del presidente], que estaba sentado a mi lado, me tomó del brazo diciendo ‘Ándele, jefe, diga algo’. Entonces me paré y dije a Francisco Madero, ‘Usted, señor, ha destruido la revolución’. Me pidió saber por qué, así que respondí, ‘Es simple: esta bola de dandis lo ha engañado, y esto eventualmente nos costará la vida, la suya incluida’. Madero siguió preguntándome. ‘Bueno, Pancho, pero dime, ¿qué piensas que debo hacer?’ Respondí, ‘Permítame colgar a este cuarto lleno de políticos y luego deje que la revolución continúe’. Viendo la cara de sorprendidos de esos elegantes seguidores, Madero contestó, ‘Eres un bárbaro, Pancho. Siéntate, siéntate’" (Exodus 94).

1911: La ciudad de 11,781 habitantes está en ruinas. Una nota de El Paso Morning Times ofrece una estampa:

"Juárez lucía como si hubiera sido golpeado por un huracán. Los cables colgaban de los postes del telégrafo y las calles estaban llenas de escombros de adobe, vidrios de las ventanas y pedazos de madera. Los anuncios de las tiendas estaban llenos de hoyos. Muchas de las casas de adobe se veían acribilladas y sin techos" (Siller 182).

Abraham González calcula el número de muertos y heridos entre 302. Unos 100 federales murieron, 15 del lado revolucionario (Siller 198). La victoria, sin embargo, confirma los temores de Villa: Madero se dedica a organizar su gabinete, a hacer política. Responde lentamente a las necesidades apremiantes de la tropa, que no ha comido bien, que no tiene ropa ni dinero con qué comprarla. Villa y Orozco se lo reclaman. La discusión casi termina con la destitución de los dos soldados o con el arresto de Madero (Siller 205). Llegan a un frágil acuerdo que Orozco no tardará en romper cuando Madero sea ya presidente.

2010: De los asesinatos organizados, la ciudad ha pasado a un caos de delincuencia. Pequeños empresarios dueños de tiendas, de clínicas dentales, de panaderías, están siendo extorsionados. Los que se niegan a pagar ven sus negocios arder en el mejor de los casos. En el peor, son asesinados. La casa de Julián ofrece la garantía de que no habrá un bala perdida a la vuelta de la esquina, pero circular por las calles de Juárez al oscurecer da la sensación de una ciudad sitiada y bajo toque de queda militar. Cuando me toca esperar la luz verde en un semáforo junto a una Hummer con soldados o agentes federales, prefiero fingir que busco una estación de radio.

Uno de los rincones plenamente funcionales de la casa de Julián es su biblioteca. Reviso sus volúmenes y descubro su trabajo en el último anaquel, casi a ras del piso. Son múltiples libros en los que Julián documenta la vida en esta frontera, de los trabajadores de maquiladora a las madres que han llorado el asesinato de sus hijas, del narcotraficante jubilado al velorio donde una familia reza por un joven que fue ejecutado y cuyo cadáver observa su hijo en brazos de su madre.

Tiemblo y me pongo mi chamarra. Pienso que el calentón se ha apagado otra vez, pero su llama azul ha vuelto a empañar mis anteojos.

1911: El plan de paz ha sido aprobado por los representantes del gobierno y por los rebeldes. Ambas partes se dirigen a la Aduana para firmar el documento de manera oficial. Encuentran el edificio a oscuras y cerrado. La mayoría de los ciudadanos está celebrando la victoria en el Teatro Juárez. Escribe Francisco Vázquez Gómez en sus Memorias:

"Así a las once de la noche del 21 de mayo de 1911 y en la calle donde se encuentra ubicada la aduana de Ciudad Juárez, alumbrándose con cerillas y faros de automóvil y sobre la espalda de uno de los concurrentes se firmaron los tratados de Ciudad Juárez" (Siller 218).

Pino Suárez firmó hasta el día siguiente porque celebraba también en el Teatro Juárez. Madero salió de la ciudad rumbo a la capital el 2 de junio a las 10:30 de la mañana. No se le escapa a Siller que ese era también el último día de Porfirio Díaz en México antes de salir en el exilio a París (230).

2010: Los que creen en los ritmos de las recurrentes convulsiones centenarias en México esperan nerviosos un nuevo estallido social que dé sentido y continuidad a 1810 y 1910. ¿Pero qué si ese estallido ya ocurrió? Ciudad Juárez es el sitio de una suerte de guerra civil dirigida desde el gobierno federal. A Villa, Orozco y Garibaldi les llevó tres días tomar la ciudad. Al ejército de Felipe Calderón tal vez les cueste tres años y los muertos que correspondan a esta población desbordante y cuyo sacrificio la presidencia de la República está dispuesta a aceptar. Por lo pronto, nadie está pensando en firmar la paz todavía. ¿Escucharán los generales a su presidente cuando les dé la orden de retirarse de Ciudad Juárez?

Se agota el gas o el calentón ha dejado de funcionar. Pasa de la medianoche y es mejor irse despidiendo. Aún en la oscuridad, la sala permanece iluminada por la luna fronteriza. La luz tenue entra por los ventanales que Julián anticipó en su diseño. Afuera hay una ciudad que se cae en pedazos y de la que muchos quieren huir; aquí dentro, Julián Cardona debe ser con toda seguridad el último juarense que se aferra a construir una casa.

A orillas del futuro, frente a Ciudad Juárez, enero de 2010

Oswaldo Zavala
College of Staten Island, City University of New York


Obras citadas

Amnistía Internacional. México: Nuevos informes de violaciones de derechos humanos a manos del ejército. Madrid: Editorial Amnistía Internacional, 2009.

Berumen, Miguel Ángel. 1911. La batalla de Ciudad Juárez. II. Las imágenes. Ciudad Juárez, Chihuahua: Cuadro por cuadro, 2003.

Bowden, Charles. Juárez: The Laboratory of Our Future. New York: Aperture, 1998.

—. Con Julián Cardona. Exodus/Éxodo. Austin: University of Texas Press, 2008.
Cano, Luis Carlos. “Sumas mil 450 quejas vs. Ejército. El Universal. 10 de septiembre de 2009. Web. http://www.eluniversal.com.mx/estados/73044.html

Cardona, Julián. “J-war-ez”. Frontline. Summer (2009): 9-12.

Figueroa, Martha Elba. “De lejos, siguen a Juárez otras ciudades violentas”. El Diario. 11 de enero de 2010. Web. http://www.diario.com.mx/nota.php?notaid=64e6019218ba406c1de65a98b5c34fb6

Redacción. “Golpean policías estatales a periodistas en Juárez”. Al margen. 9 de septiembre de 2006. Web. http://www.almargen.com.mx/notas.php?IDNOTA=888&IDSECCION=Diario&IDREPORTERO=La+Redacci

Siller, Pedro y Miguel Ángel Berumen. 1911. La batalla de Ciudad Juárez. I. La historia. Ciudad Juárez, Chihuahua: Cuadro por cuadro, 2003.

Staff. “Llegarán 2 mil federales más a Ciudad Juárez. El Diario. 13 de enero, 2010. Web. http://www.diario.com.mx/nota.php?notaid=67b0bcbf7218b38c5554227c115de4ed

—. “Otro récord negro: 2657 asesinatos”. El Diario. 31 de diciembre, 2009. Web. http://www.diario.com.mx/nota.php?notaid=4207e2da5de5d7ce47abf40d25e31f1a

domingo, febrero 05, 2012

Narconarrativas: un ensayo crítico

Esta ponencia fue leída durante un congreso sobre filosofía y literatura en The Graduate Center, City University of New York, el jueves 3 de noviembre, 2011. El texto resume un artículo largo que publicaré próximamente en una revista académica. Agradezco a mis colegas Nuria Morgado y Rolando Pérez la invitación al congreso.

Mímesis y narconarrativa:
los límites críticos de la narconovela mexicana


Oswaldo Zavala
College of Staten Island, CUNY

El supuesto enfrentamiento entre el Estado mexicano y los cárteles del narcotráfico ha producido más de 50 mil asesinatos en menos de cuatro años, un estado de sitio nacional y una profunda crisis política sin precedentes. La mayoría de los crímenes ha ocurrido en las regiones del país donde se reconcentran decenas de miles de soldados del ejército mexicano y agentes de la policía federal, siguiendo una estrategia concebida por el presidente Felipe Calderón y su gabinete. Calderón mantiene como justificación ante las preguntas de un sector ciudadano crítico cada vez más generalizado que dicha estrategia fue articulada como respuesta inaplazable a niveles de violencia desproporcionados en la historia moderna del país.

Pero como ha demostrado el sociólogo y catedrático del Colegio de México, Fernando Escalante Gonzalbo, la tasa de asesinatos a nivel nacional consistentemente se había desplazado a la baja durante los últimos veinte años, produciendo un “descenso lento y sostenido” que fue roto sólo a partir de la militarización del país ordenada por Calderón. Siguiendo su análisis estadístico, Escalante concluye que incluso Ciudad Juárez, considerada la ciudad más violenta del país actualmente, mostraba una tasa de homicidios decididamente a la baja durante la década anterior a la militarización de 2008. En 2007 se registraron alrededor de 340 asesinatos en esa ciudad, cifra cercana a un promedio sostenido desde 1997, el año que más asesinatos había registrado hasta ese momento. Con la llegada del ejército y la policía federal, esa cifra ascendió a más de mil 600 en 2008, a más 2 mil 600 en 2009 y más de 3 mil en 2010. Así, casi 10 mil de los más de 50 mil asesinatos han ocurrido en Ciudad Juárez. El gobierno de Calderón arguye que los distintos cárteles de la droga desataron una guerra simultánea por todo el país para responder con más violencia a cada intervención del ejército y la policía federal. Edgardo Buscaglia, una de las pocas voces críticas relevantes en los actuales debates, ha refutado y revertido con efectividad la tesis del gobierno federal:

"[La guerra contra el narcotráfico] sólo es un show mediático. Las estructuras corruptas hasta ahora ni siquiera se han tocado. El crimen organizado es un fenómeno político y social y declararle la guerra a este es como declararle la guerra a uno mismo. La sociedad apoya estas organizaciones. Los grupos de criminales son parte de la red social, son parte del estado". (Die Tageszeitung)

Un aspecto clave de la dificultad para comprender la realidad del narcotráfico, según el investigador del Colegio de México, radica en la fuerza hegemónica del discurso oficial. Explica Escalante Gonzalbo:

"El lenguaje que hemos aprendido todos para hablar del tráfico de drogas es de una claridad engañosa. Todos hablamos del cártel, la plaza, la ruta, el lugarteniente, los sicarios, y nos hacemos la ilusión de que entendemos. Y es un relato tan simple, tan atractivo desde un punto de vista narrativo, que termina por ser irresistible: ¿mataron a un alcalde? Fue el crimen organizado, que se pelea por la plaza. ¿Mataron a un candidato a gobernador? Fue el crimen organizado, que se pelea por la plaza. ¿Un atentado contra el ejército, contra la policía federal? El crimen organizado, peleando por la plaza. ¿Fue en una fiesta, en un centro de rehabilitación, en una brecha en la sierra de Durango, en la Montaña de Guerrero? El crimen organizado, la plaza. ¿Ciudad Juárez, Apatzingán, Teloloapan, Tantoyuca, Huejutla, Zacualpan de Amilpas? El crimen organizado, la plaza. ¿Cien muertos, mil, 10 mil, 20 mil, 40 mil? El crimen organizado, la ruta, la plaza". (Escalante)

La complejidad y la urgencia trágica que implica el problema del narcotráfico en México no han sido aún pensadas con la claridad crítica que exige el fenómeno, con excepción de contadas y aisladas investigaciones como las de Escalante Gonzalbo y Buscaglia, inadvertidas o en el mejor de los casos inconsecuentes en la cobertura de los principales medios de comunicación, con frecuencia reiterando discursos oficiales al respecto, como lo señala el mismo Escalante Gonzalbo.

Paralelamente, las oportunidades literarias que se desprenden de este momento insólito de la historia de México han privilegiado un acercamiento mítico que, como discutiré en lo que sigue, ha generado una improductiva confusión entre la estructuración del relato novelesco, la noción clásica de mímesis y la manera en que la novela opera como vehículo de conocimiento. Así, en las últimas dos décadas buena parte de los narradores mexicanos que exploran el tema del narcotráfico han llevado a cabo un vaciamiento de la dimensión crítica que una novela puede —y acaso debe— asumir frente a su referente. En su lugar, las novelas de escritores como Élmer Mendoza, Luis Humberto Crosthwaite, Heriberto Yépez, Eduardo Antonio Parra, Yuri Herrera, Orfa Alarcón y Juan Pablo Villalobos, por mencionar a los más visibles, enfatizan imágenes míticas de la violencia, sus actores y sus víctimas, de un modo apolítico y descontextualizado de toda posibilidad de historización. Neutralizados por las dinámicas mercantiles del campo literario, estos novelistas han adoptado visiones conformistas del país que, lejos de intervenir con gestos críticos, reproducen las lógicas con las cuales el Estado mexicano justifica los crímenes de lesa humanidad que han dañado el tejido social del país tal vez ya con efectos irreparables.

Por cuestiones de tiempo, no me será posible comentar a detalle las principales narconovelas que han sido celebradas por la crítica, como es el caso de Trabajos del reino (2004) de Yuri Herrera, Perra brava (2010) de Orfa Alarcón y Fiesta en la madriguera (2010) de Juan Pablo Villalobos. Me limito a señalar los rasgos más evidentes que condicionan las estructuras narrativas de estos y otros textos similares. En su conjunto, se trata de una narrativa comparable a las novelas middlebrow escritas para el público angloparlante en Estados Unidos: narraciones formulaicas pensadas para un lector de clase media que busca a su vez confirmar una opinión basada en el imaginario mediático del narco que a nivel nacional promueven las cadenas Televisa, TV Azteca, Telemundo y los principales noticieros electrónicos en México, junto con el consumo masivo de ciertas películas y música popular, en especial los celebrados narcocorridos de bandas como Los Tigres del Norte y el hip-hop de grupos como Cartel de Santa. Buscando igualar el éxito comercial del best-seller La reina del sur, (2002) del español Arturo Pérez Reverte, las narconovelas mexicanas con frecuencia narran la peculiar e inverosímil vida de narcotraficantes o de personas relacionadas con ellos como si se tratara de celebridades del jet-set neoyorkino: excéntricos, atractivos, insondablemente malvados y por encima de todo, posicionados en las antípodas del poder del estado. Así, los narcotraficantes imaginados se presentan como una amenaza que se mantiene al exterior del poder del Estado, entidades criminales siempre distinguibles de las estructuras de gobierno. Como objetos textuales que exploran el fenómeno del narcotráfico, sin embargo, las narconarrativas deben entenderse principalmente como intervenciones discursivas dentro de un marco teórico específico que exige reconsiderar la noción clásica de mímesis. Mi objetivo aquí es formular una noción actualizada que permita elucidar el andamiaje textual de las narconarrativas, término que con el que además de las novelas antes mencionadas, señalo un disperso pero interrelacionado corpus de textos, películas, música y arte conceptual generado en las últimas cuatro décadas en el campo de producción cultural mexicano.

La crítica más frecuente sobre narconarrativas puede dividirse en tres principales temas: la conceptualización de la violencia como problema filosófico y sus variadas formas de subjetivización, como en el trabajo de Herman Herlinghaus; la excepcionalidad de ciudades del norte de México, sedes de los mayores cárteles de la droga, como espacio de negatividad post-nacional y antagónico de la capital, siguiendo los trabajos de Miguel Rodríguez Lozano y Juan Carlos Ramírez-Pimienta; y finalmente la exploración de registros míticos y estilizados abordada por críticos culturales como Christopher Domínguez Michael, entre otros. El común denominador de los tres acercamientos es la cancelación de un vínculo directo entre narración y referente. En su lugar, estos estudios se enfocan en sistemas de representación periféricos al narcotráfico, de modo que optan por elucidar subjetividades alternativas, desconstrucciones de formaciones nacionalistas y mitificaciones lingüísticas del narco, pero no el narco en su materialidad histórica y política concreta e inmediata.

Para acercase a esa materialidad, me resulta útil la redefinición de las estrategias textuales del realismo con que Antoine Compagnon sintetiza las actuales deconstrucciones ideológicas de los estudios culturales y las nociones autotélicas del lenguaje literario que predominaron en las décadas de 1960 y 70. Compagnon defiende el vínculo entre texto y referente como una experiencia de conocimiento específico que independientemente del proyecto literario, remite al mundo real:

"La mimesis es entonces conocimiento, y no copia ni réplica idéntica: designa un conocimiento propio del hombre, la manera en que él construye y habita el mundo. Reevaluar la mimesis a pesar del oprobio que la teoría literaria le ha infligido, nos conduce ante todo a subrayar su vínculo con el conocimiento, y por ello del mundo y de la realidad". (148)

La tesis de Compagnon, informada por el trabajo de Eric Auerbach, Northrop Frye y Paul Ricœur, actualiza el conocido axioma del Roland Barthes de las Mitologías (1957): “No se espera que el lenguaje del escritor represente la realidad, sino que la signifique” (137). Lejos de la sofisticación de formulaciones como las de Compagnon o Barthes, la crítica contemporánea sobre narconarrativas aborda una noción de mimesis de forma superficial y reductiva al intentar cancelar su problemática relación con el fenómeno sociopolítico al que aluden.

Me parece que este impasse se localiza justamente en la imposibilidad de pensar el texto literario como dispositivo discursivo articulador de verdades específicas. Sigo aquí a Alain Badiou para comentar tres modelos históricos de mímesis que él considera activos a lo largo del siglo veinte: el “didáctico”, que supone una verdad absoluta al exterior de la obra de arte, enunciando con Platón que el arte es en sí incapaz de producir una verdad propia; el “romántico”, que invierte el esquema anterior y propone al arte como el único productor de verdad; y finalmente el “clásico”, que desde Aristóteles cancela toda posibilidad de verdad en el arte para enfatizar la “función terapéutica” que realiza en su público por medio de la catarsis (Handbook 3-4). Los tres modelos, afirma Badiou, “saturan” el siglo veinte bajo las corrientes críticas del marxismo, el sicoanálisis y la hermenéutica heideggeriana. Badiou formula entonces un cuarto modelo mimético bajo el cual una obra de arte se deriva de una cierta “configuración artística” que a su vez organiza el conocimiento de un modo único y pertinente en cada obra. En ese sentido, escribe Badiou:

"El arte es pedagógico por la simple razón de que produce verdades y porque la “educación” (salvo en su expresión opresiva o perversa) nunca intentó decir más que esto: organizar formas de conocimiento de tal modo que se produzca una verdad que las perfore". (9)

El modelo ético de Badiou propone pensar la obra de arte como co-extensiva de una verdad a la vez inmanente y singular, es decir, a la obra como productora de verdades específicas únicamente posibles en los límites de cada manifestación artística. El modelo advierte la generación de verdades específicas que pueden interpretarse como formas de conocimiento mediadas por expresiones artísticas que pueden pensarse al mismo tiempo como intervenciones discursivas en determinados debates. Más que una exigencia general, la dimensión ética del arte que propone Badiou somete a examen la relevancia crítica que ciertas obras pueden alcanzar sin recurrir a funciones ancilares al hecho literario. En el caso de las narconovelas, al ser co-extensiva de un texto literario, la forma de conocimiento específica sobre el narco aparece o debería aparecer como una dimensión constitutiva de cada texto, y no como un resonancia exterior o superior a su procedimiento estético.

Siguiendo ahora a Pierre Bourdieu, es posible imbricar lo estético y su conocimiento referencial al entender que el campo literario ocupa temporalmente lo que Bourdieu llama una “posición dominada” ante el campo de poder, lo cual produce efectos directos en la ejecución y en la disposición constitutiva de obras de arte (216):

"Por muy liberados que estén [los campos de producción cultural] de limitaciones y demandas externas, están atravesadas por necesidades de los campos que los enmarcan: la necesidad de la ganancia, económica o política. De allí se sigue que son a la vez el sitio de una lucha entre dos principios de jerarquización: el principio heterónomo, el cual favorece a aquellos que dominan el campo económica y políticamente (por ejemplo, el ‘arte burgués’), y el principio autónomo (por ejemplo, el ‘arte por el arte’)". (216)

Ambos principios de jerarquización que definen las posiciones sociales de los proyectos artísticos reflejan también modos de operar de ciertas corrientes críticas. En el caso de las narconarrativas, o bien la crítica estudia las condiciones de posibilidad de las narconovelas como un arte autónomo (sus logros estilísticos, su registro simbólico), o bien se enfocan en sus efectos ulteriores extrapolando vínculos con aspectos múltiples de la sociedad (el nacionalismo, espacios y subjetividades alternativas, etc.). En dicha crítica, sin embargo, las narconovelas no son examinadas como intervenciones directas de una praxis literaria en la misma materia del referente que informa sus estructuras artísticas. Dicho de otro modo: los mismos principios de jerarquización que neutralizan los gestos críticos de los autores de narconovelas operan también en la mayoría de las agendas críticas que estudian esos textos. La posición por momentos dominada que asume el campo literario ante el campo de poder explica en más de un modo el hecho de que la mayoría de las narconovelas reproduzca el conveniente discurso que el Estado mexicano articula en torno al narcotráfico. Más preocupados en dinámicas del mercado editorial que en explorar la forma en que los textos literarios habitan el mundo referencial con o sin relevancia crítica, la mayoría de los autores de narconarrativas adopta construcciones míticas del fenómeno que rara vez divergen de discursos hegemónicos y que en cambio dan forma literaria a la poderosa y normativa imaginación oficial.

Para concluir, permítaseme una rápida mirada retrospectiva: el único momento histórico comparable a la devastación producida por la equívoca estrategia de estado ante el narcotráfico se remite a los años de la revolución mexicana. La primera revolución social del siglo veinte inició con el propósito de derrocar la dictadura de Porfirio Díaz y llevar a cabo una profunda reforma política. La apertura democrática que significó la elección de Francisco Madero a la presidencia en 1911, sin embargo, no cumplió con el reclamo nacional de justicia social. Esto produjo no solo el asesinato de Madero, sino una década de violencia protagonizada por ambiciosos generales que acabaron matándose entre sí por el poder absoluto que los obsesionaba. Anoto esto porque es importante entender que lo que ahora se denomina como “novelas de la revolución” en realidad se ocupa de esa etapa fraticida, únicamente comprensible al analizar las complejas redes de poder, masculinidad, geopolítica y de intereses creados por cada una de las facciones involucradas. Ante esa desolación sociopolítica, las obras de Martín Luis Guzmán, Nellie Campobello y Mariano Azuela articularon agudas deconstrucciones de las élites gobernantes, como en el caso de La sombra del caudillo (1929), o propusieron la crónica descarnada de los soldados y ciudadanos miserables y victimados por el conflicto, como en Cartucho (1931) y Los de abajo (1916). Al publicarse Pedro Páramo en 1955, sin embargo, se produjo una apertura en el campo literario que resignificó la noción de realismo como una estrategia superada por la tradición. Al menos así lo interpretó Carlos Fuentes en su ensayo La nueva novela hispanoamericana (1969) cuando explica que hubo que esperar a que

"Juan Rulfo procediese, en Pedro Páramo, a la mitificación de las situaciones, los tipos y el lenguaje del campo mexicano, cerrando para siempre —y con llave de oro— la temática documental de la revolución. Rulfo convierte la semilla de Azuela y Guzmán en un árbol seco y desnudo del cual cuelgan unos frutos de brillo sombrío: frutos duales, frutos gemelos que han de ser probados si se quiere vivir, a sabiendas de que contienen los jugos de la muerte". (16)

La radical ruptura que implica, según Fuentes, el lenguaje mítico de Rulfo, recodificó la historia literaria mexicana, reduciendo el colectivo de novelas de la revolución a un realismo ineficaz y datado, a pesar de estar integrado por textos escritos en décadas diferentes del México posrevolucionario y en muy variados registros literarios, desde lo simbólico hasta lo documental histórico. Al alejarnos del deliberado misreading de Fuentes, se hace visible, sin embargo, una genealogía de novelas críticas del poder en México que cruza décadas y géneros pero que un siglo después tiene escasos ejemplos entre los autores de narconovelas. Como justificación de ese fracaso, se acepta sin mayores reticencias la perogrullada de que hace falta tiempo que medie entre el evento que está llevando a México hacia su implosión y su conceptualización literaria. Pero recordar, por volver a ese ejemplo célebre, que el doctor Mariano Azuela anotó las páginas clave de Los de abajo en medio del fuego cruzado que derrotaría a Pancho Villa, que acompañó a la División del Norte y sobrevivió con esos soldados vencidos su penosa marcha hacia el exilio por las montañas de Chihuahua para lograr que un periódico en español en El Paso, Texas, publicara su novela por entregas en 1916, es decir, en el centro de la vorágine de la revolución, recordar este episodio inaudito de la historia literaria de México, quiero decir, nos obliga a repensar la altura del actual desafío histórico y la desoladora ausencia de escritores con la voluntad de narrarlo y al mismo tiempo, interrogarlo con la fuerza de la subversión, es decir, con las luces de la imaginación crítica.

Bibliografía

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