sábado, diciembre 11, 2010

Jaime Nicolopulos, in memoriam

Su oficina se abría interrumpida por libreros que daban la sensación de multiplicar el espacio, como si de pronto se estuviera en los pasillos de la Benson y no en Benedict Hall. De esas tardes recuerdo sobre todo el sonido endeble de viejos corridos grabados en vinilo. Alguna vez, cuando era T.A., lo vi entusiasmar undergrads con esa música de discos agrietados. A nosotros, los graduates, nos bastaba para admirarlo su brillante lectura de la poesía colonial, las historias de sus aventureros viajes por el norte de México, que siempre conocía mejor que cualquier fronterizo como yo. Pero cuando escuchaba la música que en más de un modo también define mi historia, aprendí a disfrutar los hallazgos culturales que el profesor Nicolopulos había rescatado de quién sabe dónde. Aspiro ahora al ritmo paciente de su investigación, la meticulosa tarea que compartí con él ciertos meses en que tuve la suerte de ayudarlo a transcribir la añeja sonoridad del corrido que tanto lo intrigaba. Me sabré afortunado si consigo reproducir en mis estudiantes las buenas luces de su enseñanza; si acaso algún día mi oficina, ante los ojos deslumbrados de un joven, se asemeja a una biblioteca.