sábado, enero 31, 2009

Bolaño y "Los suicidas"

Texto leído en el congreso "Literatura y Bebida: Aguas santas de la creación", en Mérida, Yucatán, 15-17 de enero, 2009:

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La última ronda de la modernidad:
Los detectives salvajes y el mezcal “Los Suicidas”


El poeta inglés Stephen Spender anota que la novela Bajo el volcán (1947), de Malcom Lowry, es sin duda el mejor relato sobre un “borracho” que aparece ebrio en el paisaje mexicano, con frecuencia por exceso de mezcal, más de la mitad del texto. La intoxicación del cónsul británico Geoffrey Firmin, por supuesto, debe entenderse también como vehículo de un conocimiento sólo asequible bajo el influjo del alcohol. Escribe Spender:
Para el momento en que terminamos esta novela sabemos cómo piensa, qué siente, cómo camina y cómo se acuesta un borracho, y experimentamos no sólo el desconcierto de la bebida sino también sus momentos de clarividencia translúcida, de perfeccionada expresión (ix) .

Aducir las capacidades cognitivas de la intoxicación es afirmar lo obvio. Pero en el caso de Lowry —y sin duda de Roberto Bolaño— la embriaguez lúcida es apenas el principio metodológico de una muy peculiar visión de la modernidad literaria. Esta visión nos permite observar el desarrollo de una corriente literaria —en el sentido que Henríquez Ureña concedía al término— que avanza en sentido contrario del modernism que admiraba Lowry y cuyas técnicas narrativas algunos han querido constatar en Bajo el volcán. Mientras que escritores como Joyce, Eliot y Pound, arguye Spender, intentaban articular una literatura donde la experiencia del lenguaje sometiera y disolviera las limitaciones del sujeto, Lowry se propuso una novela “autobiográfica, personal y subjetiva” (x). Bajo el volcán reactiva así, bajo la influencia de la vanguardia anglófona, algunos de los rasgos más significativos del romanticismo. Al simbolismo colectivo joyceano, Lowry y Firmin oponen un fuerte individualismo de clarividencia etílica. Explica Spender:

En los pensamientos del Cónsul se encuentra el argumento de que si alcanza la más completa conciencia sólo a través del mezcal, entonces debe tomarlo. La dipsomanía es justificada, o debe ser soportada. También siente profundamente que en estos tiempos el precio a pagar por estar completamente conciente es el aislamiento (xvii).

El aislamiento de Firmin, teñido de un individualismo romántico, no pierde la subjetividad, como Joyce, entre los pliegues del lenguaje. En esa extraña versión de una modernidad embriagada para recobrar la experiencia del sujeto, Bajo el volcán radicaliza el lenguaje literario hacia el extremo opuesto del high modernism: la modernidad no excluye al sujeto, sino que nace de él. A esa genealogía —híbrido romántico y vanguardista—, pertenece Los detectives salvajes (1998) de Roberto Bolaño. Me detendré en lo que sigue en un episodio fragmentado en la segunda parte de la novela, en la cual los lectores asisten a múltiples encuentros con personajes que se relacionaron de algún modo con dos jóvenes poetas, los protagonistas del relato: el mexicano Ulises Lima y el chileno Arturo Belano (alter ego de Bolaño), autoproclamados refundadores del “real visceralismo”, un grupo de vanguardia de existencia efímera en la década de los veinte. Belano y a Lima siguen la pista de Cesárea Tinajero, la creadora del realismo visceral, de obra casi inexistente y apenas recordada por los estridentistas.

La parte medular de la trama, con en otras obras de Bolaño, consta de una dilatada fuga: en diciembre de 1975, Belano y Lima abandonan primero el Distrito Federal y después el país para embarcarse en un largo viaje errático de veinte años a través de varios países y continentes. La segunda parte comienza en enero de 1976, donde un entrevistador sin nombre —acaso el lector— visita a Amadeo Salvatierra, un viejo poeta vanguardista, en busca de información sobre Belano y Lima. Salvatierra es un personaje central en la historia: fue amigo de Cesárea Tinajero y trabajaron juntos en la revista del real visceralismo que imprimió un único número y que se tituló Caborca, en referencia al pueblo de Sonora, la tierra natal de Cesárea. Bolaño se apropia del motivo más importante de Bajo el volcán: Amadeo recibe en su casa a Belano y Lima, y con ayuda de un mezcal, pasarán juntos toda una noche que se extiende a lo largo de la novela para reconstruir una genealogía literaria que va, como se verá luego, desde los albores de la modernidad hasta su punto más radical. El mezcal —la última botella que guardaba Amadeo— se llama “Los Suicidas” y fue destilado en Chihuahua hasta finales de los sesenta, cuado la empresa mezcalera “quebró, o la quemaron, o la vendieron a una embotelladora de Refrescos Pascual o a los nuevos dueños les pareció que ese nombre no era muy comercial que digamos”, dice Amadeo (142). Belano y Lima brindan con lo que Salvatierra llama “agua de la vida” (142) y como si se bebieran también la modernidad, acaban con la última botella de “Los Suicidas” mientras (re)construyen y (re)editan el catálogo de todo un siglo de escritores vanguardistas olvidados y recuperados. Como el inaudito mezcal, la modernidad quedará también al borde del agotamiento.

El entrevistador anónimo escucha el relato de Amadeo sobre su encuentro con Belano y Lima para esclarecer la razones de su exilio. Estamos ante una historia dentro de una segunda contenida en una tercera. Los ecos del Simposio de Platón son evidentes: siguiendo el protocolo clásico, Amadeo ofrece a los poetas una bebida facilitadora de la conversación, insistiendo además en las reglas específicas para el transcurso de la noche. “Todos acordaron beber más por el placer que por embriagarse” (177e), anota Platón, según el relato que Apolodoro oyó de Aristodemo. Algo parecido sugiere Amadeo:
Yo me serví otra copa de Los Suicidas, al paso que íbamos la botella no iba a llegar al anochecer. Pero tomen con confianza y sin apuros, muchachos, que si esa botella no llega bajamos a comprar otra. Claro, no iba a ser como la que estábamos bebiendo, pero peor es nada. Ay, qué lástima que ya no hagan mezcal Los Suicidas, qué lástima que pase el tiempo, ¿verdad?, qué lástima que nos muramos y que nos hagamos viejos y que las cosas buenas se vayan alejando de nosotros al galope (180).

El tema del simposio bolañesco lo proponen Belano y Lima: discutir todo lo relacionado con Cesárea Tinajero y la revista Caborca (142). Como en un ejercicio de hermenéutica, Amadeo procede a reconstruir un horizonte de expectativas que Belano y Lima no pueden sino ignorar. Apoyado en el mezcal “Los Suicidas”, Amadeo contextualiza el primer real visceralismo y sin saberlo propicia el último brote, anacrónico y desfasado, de la vanguardia en México. De su archivo extrae, junto con el único número de Caborca, una copia del manifiesto Actual no. 1 que Manuel Maples Arce pegó en las calles de Puebla en 1921. Amadeo no resiste la tentación de la exégesis mezcalizada:

Yo tenía mi único ejemplar de Caborca bajo el brazo y en la mano izquierda el Actual no. 1 y en la derecha mi vaso con mezcal Los Suicidas, y mientras bebía les iba leyendo trozos de aquel lejano año de 1921 y lo íbamos comentando, los párrafos y el mezcal, qué bonita manera de leer y de beber, despacio y entre amigos […] y cuando quedaba poco serví una última ronda de «Los Suicidas», me despedí mentalmente de mi viejo elixir y leí la parte final del Actual, el Directorio de Vanguardia que en su tiempo (y después, cómo no, y después también) tanto sorprendió a propios y extraños, a creadores y estudiosos del tema (217-218).

Conforme se agota el mezcal, también los extemporáneos nombres de decenas de escritores vanguardistas van apareciendo entre erratas, arbitrariedad y un enigmático “etcétera” al final del manifiesto. La primera fase ritual del simposio culmina con la asimilación magisterial de la vanguardia. Termina Amadeo de leer y:

…los muchachos se pusieron de rodillas o en posición de firmes, juro que no me acuerdo y juro que da lo mismo, firmes como militares o de rodillas como creyentes, y se bebieron las últimas gotas de mezcal Los Suicidas en honor de todos aquellos nombres conocidos o desconocidos, recordados u olvidados hasta por sus propios nietos. Y yo miré a aquellos dos muchachos que hasta hacía un momento parecían serios, allí, frente a mí, firmes haciendo el saludo a la bandera o el saludo a los compañeros caídos en combate, y alcé mi vaso y apuré mi mezcal y yo también brindé por todos nuestros muertos (220).

Al igual que “Los Suicidas”, la vanguardia mexicana se paladea hasta el final. Se recuerda el sueño de Estridentópolis, se habla de Maples Arce y de su mecenas, asesinado a tiros por motivos políticos. Pero convocar a los muertos para permitir el renacimiento del real visceralismo es la primera parte del simposio: Belano y Lima deben completar su iniciación leyendo e interpretando el único poema publicado por Cesárea Tinajero en su revista Caborca. Cumpliendo las reglas de Amadeo, han comprado ahora un tequila para intentar su propio ejercicio hermenéutico. Amadeo, que ya da muestras de cansancio, se prepara para el relevo:

…fue como si se me acabara el sueño, como si el tequila recién ingerido se encontrara en mis vísceras, en mi hígado de obsidiana, con el mezcal Los Suicidas, y le hiciera una reverencia, cual debe de ser, todavía hay clases (272).

El poema de Cesárea, titulado “Sión”, consta de una secuencia de tres dibujos: en el primero se muestra una línea recta horizontal con un pequeño rectángulo en el centro; en el segundo la línea aparece ondulada y en el tercero quebrada. “El poema es una broma que encubre algo muy serio” (376), aseguran Belano y Lima. Ambos coinciden en que la broma se encuentra en la imagen sugerida de un barco que aparece en un mar en calma en el primer dibujo, en un mar agitado en el segundo y en una tormenta en el tercero. El título escondería así la palabra “navegación”. Amadeo, del lado serio, lee en el poema:

…la barca de Quetzalcoatl, la fiebre nocturna de un niño o una niña, el encefalograma del capitán Achab o el encefalograma de la ballena, la superficie del mar que para los tiburones es la boca del vasto infierno, el barco sin vela que también puede ser un ataúd, la paradoja del rectángulo, el rectángulo-conciencia, el rectángulo imposible de Einstein (en un universo donde los rectángulos son impensables), una página de Alfonso Reyes, la desolación de la poesía (401).

Esta lectura coincide también con el impulso estridentista, según lo explica Luis Mario Schneider:

Por un lado jugaban —seriamente hablando— con el orden imaginativo, y por otro, deseaban fusionarse desesperadamente con la realidad más objetiva y próxima. La contradicción, que por supuesto no podría resolverse, se desahogaba en elementos irónicos, en la sátira y en cierto escepticismo (XXXIX).

Al llegar a este punto, Amadeo recuerda su último encuentro con Cesárea Tinajero, cuando ésta le dice que dejará el DF para volver a Sonora. Amadeo intenta disuadirla recordándole que aún está pendiente la construcción de Estridentópolis, pero ella reafirma su vocación real visceralista. Amadeo, en una de las escenas más célebres de la novela, insiste:

…todos los mexicanos somos más real visceralistas que estridentistas, pero qué importa, el estridentismo y el realismo visceral son sólo dos máscaras para llegar a donde de verdad queremos llegar. ¿Y adónde queremos llegar?, dijo ella. A la modernidad, Cesárea, le dije, a la pinche modernidad (460).

El teórico Peter Bürger explica que las vanguardias europeas surgen del deseo de autonomía del discurso literario frente a la sociedad burguesa. La radicalización de esa autonomía, sin embargo, neutraliza uno de los objetivos principales de los proyectos vanguardistas: reinsertar el arte a la “praxis” de la vida (46). Para Jauss, la literatura recupera su función social sólo cuando “la experiencia literaria del lector entra en el horizonte de expectativas de su praxis vivida, preforma su entendimiento del mundo y por ello también tiene un efecto en su comportamiento social” (39). A una conclusión análoga han llegado Belano y Lima en el transcurso de la noche alcoholizada: buscarán a Cesárea Tinajero, recobrarán con su obra el legado del real visceralismo e intentarán, una vez más, alcanzar la modernidad con la que soñó la generación de Amadeo. Esta decisión, como se ha señalado, “sugiere una literatura que sostiene su capacidad de subversión sobre una ética de la invisibilidad al margen de las instituciones” (Cobas 186). Esa ética, como sabemos, será llevada a sus últimas consecuencias en Los detectives salvajes: provocará la muerte de Cesárea y el desvanecimiento de Belano y Lima. Aniquilará también el último brote del real visceralismo, movimiento que por otro lado nunca fue del todo definido, más allá de la profunda nostalgia con la que Amadeo lo recuerda y que Bolaño utiliza para clausurar su propia incursión en el desparpajo de las vanguardias con una novela que “intenta reflejar una cierta derrota generacional y también la felicidad de una generación” (327).

En el discurso que Sócrates ofrece en el Simposio, se define al amor como el deseo de poseer y reproducir incesantemente la belleza. Pero este deseo sólo puede llevarse a cabo venciendo la condición mortal de la humanidad: para asegurar la posesión y reproducción de la belleza, la humanidad “participa de la inmortalidad” (208b) reproduciéndose a sí misma. En sus notas sobre la modernidad escritas en 1972, tres años antes de que Belano y Lima resucitaran el realismo visceral, Octavio Paz reconsidera el saldo negativo de las vanguardias hasta ese momento:

Hoy somos testigos de otra mutación: el arte moderno comienza a perder sus poderes de negación. Desde hace años sus negaciones son repeticiones rituales: la rebeldía convertida en procedimiento, la crítica en retórica, la transgresión en ceremonia. La negación ha dejado de ser creadora. No digo que vivimos el fin del arte: vivimos el fin de la idea de arte moderno (463).

Si el real visceralismo de Belano y Lima no fuera sino repetición del anterior, y aquél del estridentismo y ese otro del futurismo y el dadaísmo, Christopher Domínguez tendría razón en juzgar que el real visceralismo es una “caricatura de todas las vanguardias” (62), una “banda de forajidos y escuela de iniciados” (65). Pero Los detectives salvajes expande deliberadamente sus referencias para abarcar el gesto fallido de todos los proyectos de la modernidad, que el propio Paz rastrea desde el romanticismo hasta el fin de las vanguardias. Entendido así, el simposio que celebra Amadeo tiene el objetivo de reproducir la fallida modernidad que renace en un nuevo horizonte de expectativas y que vuelve a morir con Belano y Lima en su intento romántico por reintroducir a la vanguardia en la praxis de una sociedad que después abandonarán. No sorprende entonces que Bolaño haya elegido como epígrafe la respuesta trágica que el cónsul de Bajo el volcán ofrece a una pregunta recurrente en la novela de Lowry: “—¿Quiere usted la salvación de México? ¿Quiere que Cristo sea nuestro rey? —No.”

Amadeo sabe que Belano y Lima no tendrán éxito en su intento de refundar el real visceralismo. Al amanecer y después del mezcal “Los Suicidas” y el tequila de relevo, Amadeo les hace una pregunta similar: “¿vale la pena?, ¿de verdad vale, la pena?” (554). Uno de los dos, adormecido, contesta como los estridentistas, jugando seriamente: “simonel”, simón y nel, negación y afirmación. De igual modo, terminado el Simposio, Sócrates sostiene una discusión final con los últimos dos invitados que quedan en el banquete cuando ya todos los demás se han ido. Intenta convencer a Aristófanes (escritor de comedias) y a Agatón (poeta trágico) de que la comedia y la tragedia deben ser obra del mismo escritor, síntesis de ambos géneros. Un personaje de Los detectives salvajes llega a la misma conclusión y afirma “Todo lo que empieza como comedia acaba como tragedia” (484). Agotados, los últimos dos invitados al banquete platónico no tienen más remedio que aceptar esa idea para poder volver a dormirse. “Sócrates”, se cuenta al final del Simposio, “habiendo puesto a los dos poetas a dormir, se levantó y se fue. […] Pasó el día como cualquier otro, y hacia el atardecer […] se fue a casa a descansar” (223d). Siglos después, Amadeo Salvatierra deja también dormir a los poetas y clausura a su modo el último simposio de la modernidad:

Entonces yo me levanté (me crujieron todos los huesos) y fui hasta la ventana que está junto a la mesa del comedor y la abrí y luego fui hasta la ventana de la sala propiamente dicha y la abrí y luego me arrastré hasta el interruptor y apagué la luz (554).


Bibliografía

Bolaño, Roberto. “«Estrella distante» (Entrevista de Mónica Maristain)”. Entre paréntesis. Barcelona: Anagrama, 2004. 329-343.

—. Los detectives salvajes. Barcelona: Anagrama, 1998.

Bürger, Peter. Theory of the Avant-Garde. 1974. Minneapolis: Minnesota U.P., 1984.

Cobas Carral, Andrea y Verónica Gartibotto. “Un epitafio en el desierto. Poesía y revolución en Los detectives salvajes”. Bolaño salvaje. Edmundo Paz Soldán y Gustavo Faverón Patriau, editores. Barcelona: Candaya, 2008. 163-189

Domínguez Michael, Christopher. “Roberto Bolaño”. Diccionario crítico de la literatura mexicana (1955-2005). México: FCE, 2007. 62-69.

Jauss, Hans Robert. Toward an Aesthetic of Reception. Timothy Bahti, trans. Minneapolis: Minnesota U.P., 1982.

Lowry, Malcom. Under the Volcano. 1947. New York: Perennial Classics, 2000.

Paz, Octavio. Los hijos del limo. 1972. Obras completas I. La casa de la presencia. México: FCE, 1998.

Plato. The Symposium and The Phaedo. Raymond Larson, traductor y editor. Arlington Heights: Harlan Davidson, 1980.

Schneider, Luis Mario (ed). El estridentismo: la vanguardia literaria en México. México: UNAM, 1999.