Todavía no he sabido llorarte, Aura.
Algo me lo impide desde que leí el mensaje que me informaba que nunca volvería a verte. Sarah lloró de inmediato, pero yo sólo atinaba a leer y releer el e-mail en la pantalla. Desconfiaba tanto de mi capacidad de lectura porque no tenía sentido lo que esas líneas articulaban. Sarah lloraba y yo le pedía que releyera el mensaje, que talvez lo habíamos comprendido mal, que era posible que se refiriera a otra persona. Pronunciaba tu nombre despacio, Aura, para intentar recobrar algo de todo lo que ha significado desde que nos conocimos aquella tarde de Brown, tú sentada en la segunda fila y yo en la primera, los dos indistinguibles en un público anónimo que escuchaba a escritores latinoamericanos pronunciar cosas importantes. Tú menos indistinguible que yo, porque en aquel entonces usabas un tinte morado en el cabello, que además llevabas corto, y con unos lentes de armazón grueso, que nos hacía evidente que éramos tan jóvenes, yo 26 y tú 25, y que sólo gente como nosotros se encuentra por azar en el mundo de esa manera, perdidos en un público anónimo, mientras los escritores se esfuerzan en pronunciar cosas importantes.
Sigo sin llorar porque todo esto acabo de escribir reapareció en mi mente y descongestionó mi pecho para forzarme al recuerdo que emerge como acuarela deslavada. Poco a poco va perdiendo la fuerza de ciertas tonalidades, pero me devuelve nuestra sonrisa desdibujada y extrañada en la cena en que hablábamos sobre qué carajos hacíamos los dos jugando a ser inteligentes entre tanta gente que se dedica profesionalmente a lo mismo y que nos lleva tantos años de ventaja en el medio. Por eso cuando nos tomaron esa primera foto juntos, con Carlos Fuentes, sonreíamos con timidez, porque nadie mejor que nosotros sabíamos que contribuíamos al cliché de ser dos miembros del público anónimo que se retrata con la gente que (su trabajo le costado) ha aprendido a pronunciar cosas importantes. Aquí la acuarela recobra su definición absoluta y la solidez de sus colores, porque aún conservo la foto y ahora que la vuelvo a ver me indica otras líneas de mi memoria que habían permanecido guardadas desde esa semana de abril de 2002.
Y por eso debo posponer el llanto una vez más, tomar aire y retomar el hilo de ese episodio, cuando hablábamos de libros y de nuestras pequeñas ideas sobre novelas y cuentos que esa misma gente que pronuncia importantes cosas había publicado y que nosotros queríamos contrapuntear con páginas propias. Y fue por allí que, caminando por una callecita de Providence, me contaste que habías escrito algún cuento y yo te conté que andaba por las mismas, y por eso compramos la misma antología en rebaja que vendían en la librería de la universidad, porque andábamos por el mismo camino. Esa noche nos tomaron otra foto en un bar, y tus mechones morados brillaban con el flash que también rebotaba en los cristales de nuestros lentes. Cuando imprimí esa foto le cambié el filtro y la hice en sepia, y como nunca supe revertir el efecto ahora mi último recuerdo de ese viaje aparece en sepia en mi memoria: tú te alejas sola por la calle, me dices adiós y me sonríes, y tu figura se desvanece en esta nueva acuarela que me hace comprender que también las fotos se deslavan en la memoria de una computadora.
En este punto debería poder llorar, pero tu foto en la pantalla reapareció con el e-mail que me mandaste en París, dos años después, cuando coincidimos en la Cité Universitaire y nos fuimos a tomar un café en el restaurante de la Maison Internationale. Nos reencontramos como si fuera la mañana siguiente de nuestra despedida alcoholizada de Brown. Te habías ido de Providence y ahora estabas en Nueva York. Estudiabas literatura y habías publicado ya algún cuento. Yo había publicado otro y vimos con agrado que nuestras timideces literarias habían retrocedido un poco y que quizá comenzábamos a tener cosas importantes que pronunciar. Esa noche cenamos juntos con Frank y con Martín, con Jorge y con Miguel, y reímos mucho y nos despedimos cerca del amanecer.
Saber que nunca repetiremos una escena parecida podría hacerme llorar en este momento, pero no puedo porque sé que apenas íbamos a mitad de camino en nuestra pequeña historia. Nos volvimos a ver en tu boda con Frank. Sarah no pudo ir, y ustedes decidieron sentarme en la mesa de honor. Me sentía culpable por robarte tiempo y espacio que probablemente merecía más cualquier miembro de tu familia, pero acepté el privilegio de atestiguar la plenitud de tu felicidad. Bailamos y brindamos, y aunque el recuerdo amenaza ahora a su insalvable metamorfosis en acuarela, el deslave gradual se detuvo cuando admiré las fotos de la boda que Frank puso en internet. La secuencia de imágenes es muy elocuente y eso me tranquiliza, porque nunca podría escribir un ensayo digno de esa tarde tan perfecta en Atotonilco.
Y las lágrimas se niegan a salir de nuevo, Aura, porque nuestras vidas se cruzaron una vez más, ahora en Nueva York, cuando fui a una entrevista de trabajo a principios de 2006. Frank nos escuchaba con generosidad y simpatía cuando nos burlábamos de nuestra condición de inéditos y proponíamos una antología de escritores nacidos en los 70 cuyo principal mérito era ser desconocidos. Tú querías que se llamara Los oscuros, y a mí el título me confirmaba que aunque todavía no teníamos grandes cosas en mente, ya nos habíamos decidido a decir algo, tan discreto como una antología, que tanto se parece a un público que comenta cosas mientras los grandes libros las pronuncian con voz fuerte y decidida.
Ahora viene a mi mente el Déefe, y más que en llorar, pienso en las dos noches en que nos encontramos en el Covadonga, en la Roma, mientras la derecha nos arrebataba el país a quienes creíamos en la posibilidad de reformar el estado pero que nunca articulamos las cosas importantes que hay que pronunciar para que nos hagan caso. Perdimos la elección presidencial y brindamos derrotados, pero Frank nos consoló recordándonos que aún teníamos muchas otras cosas que decir y hacer, como la antología de Los oscuros que todavía no despegaba del escritorio de nuestros sueños.
Sarah y yo nos mudamos meses después a Nueva York. Tenerte tan cerca me ayudaba a creer que podía vencer el anonimato de esa enorme ciudad. Los dos comenzábamos a publicar más y poco a poco nos íbamos acostumbrando a la posibilidad de tener algo que decir que valiera la atención de los demás. Como la última vez que nos vimos. Cómo habíamos cambiando. Ahora llevabas el cabello largo y lentes de contacto. Yo tenía 31 y tú casi 30. Frank nos invitó a una lectura pública de la nueva traducción al inglés de Los detectives salvajes de Bolaño. Me acabo de dar cuenta de que fue la única vez en que tú y yo cruzamos juntos la sala para dejar el espacio del público y alcanzar el podio donde por fin, aunque fuese esa única noche, pronunciamos cosas importantes. Como en todo en esta historia, tú fuiste primero. Tu impecable inglés discurrió con suavidad elegante los fragmentos que elegiste. Luego me tocó a mí, y a pesar de mis tropiezos me dijiste que salió bien, que tampoco desentoné en esa noche en que quisimos dejar de ser oscuros aunque fuera por unos momentos. Nos despedimos en la calle, y nos abrazamos, y nos prometimos que cenaríamos juntos, los cuatro, una semanas después.
Aquí debería comenzar mi llanto, Aura, pero quiso el azar que nos encontráramos una última vez. Fue por messenger, y si no me engaño, nuestra conversación tenía el tono de dos hermanos que tenían ganas de reencontrarse pronto. Quedamos en que cenaríamos, justo por estas fechas, y no te lo dije, pero yo planeaba proponerte la resurrección del proyecto de Los oscuros. Nos despedimos en el messenger y este recuerdo ni siquiera detenta tu sonrisa, y la acuarela se deslava en las palabras iluminadas en la pantalla de la computadora donde me decías que habías escrito otro buen cuento y donde yo te contaba lo mismo. Tengo para mí que tú estabas destinada a pronunciar cosas importantes. Ignoro si yo podré, pero una de las últimas veces que nos vimos en un bar de Manhattan llegué a imaginar que seríamos escuchados por un público que jamás creería que alguna vez fuimos dos oscuros e inéditos aprendices de escritores.
Y ahora que ya no estás, Aura, me aferro a los recuerdos que construimos juntos y por los que vale la pena intentar pronunciar cosas importantes. Por ahora regresaré en silencio a mi sitio en el público anónimo anticipando que tu hermosa vida, y los momentos que compartiste conmigo, me impedirán llorar una vez más.
2 comments:
Lo lei completo, a pesar del sueño que tenia y no desaparecio del todo :-)
Aguanta vara
Dr. Tito me encanta como le escribes a tu amiga Aura, asi se demuestra la amistad mas alla de este mundo. te felicito ok tu mamá Chayo E.Z.
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