domingo, septiembre 11, 2016

La polémica sobre Juan Gabriel: Clasismo, homofobia y racismo en la intelectualidad mexicana

Esta semana se publica en la revista Proceso mi intervención sobre Juan Gabriel y la polémica desatada por Nicolás Alvarado. El artículo, disponible para suscriptores, puede leerse directamente en la edición de esta semana de la revista. Para facilitar su lectura, adjunto aquí el texto íntegro.


La polémica sobre Juan Gabriel:
Clasismo, homofobia y racismo en la intelectualidad mexicana
Oswaldo Zavala


La polémica ventilada en las redes sociales y en ciertos medios de comunicación en torno a la salida de TV UNAM de Nicolás Alvarado ha revelado con sorprendente transparencia expresiones de clasismo, racismo y homofobia en la clase intelectual mexicana que deben someterse a un análisis crítico. Un reclamo generalizado denunció la semana pasada el rechazo que Alvarado explicitó por la obra musical de Juan Gabriel con base a prejuicios clasistas no exentos de homofobia. En respuesta, algunos escritores, académicos y periodistas intentaron minimizar el efecto de las palabras de Alvarado en contra de un supuesto acto de “corrección política” que colindaría con la censura, mientras que lamentaron que TV UNAM perdiera la oportunidad de contar con el liderazgo de Alvarado para “renovar” su programación. Resulta crucial examinar este debate porque el desafortunado comentario de Alvarado, y quienes han pretendido defenderlo o restarle importancia, reproduce las dimensiones más vergonzantes de la desigualdad y discriminación que proliferan en la vida cultural y laboral del país. La polémica, entonces, va más allá de los prejuicios y la precariedad intelectual de un funcionario público: muestra la perniciosa y sistémica división de clases, el desprecio a la cultura popular y el sentimiento de superioridad que detentan muchas figuras intelectuales en México.  
Alvarado renunció a su cargo como director de TV UNAM el 1 de septiembre, dos días después de publicar la columna “No me gusta Juanga (lo que le viene guango)”. En ese texto que apareció el 30 de agosto en el periódico Milenio, Alvarado negó la calidad artística de Juan Gabriel, pero su desdén, matiza, no lo conduce “a la ceguera cultural ni a la insensibilidad sociológica”. Luego concluye: “Mi rechazo al trabajo de Juan Gabriel es, pues, clasista: me irritan sus lentejuelas no por jotas sino por nacas, su histeria no por melodramática sino por elemental, su sintaxis no por poco literaria sino por iletrada”.
No hay razón para dudar de la sinceridad de Alvarado. Por el contrario, lo que extraña es la naturalidad con la que admite los parámetros con los que descalificó un objeto cultural que dice desconocer (explica que en su casa sólo hay dos CDs de Juan Gabriel, propiedad de su esposa). El regodeo en su ignorancia evidencia una pobreza intelectual que por sí sola basta para probar su incompetencia para dirigir un espacio cultural público como TV UNAM. Pero al enunciar sus prejuicios, Alvarado mostró el síntoma de un problema mayor: la abismal diferencia de clase en México resultado en parte de la sistémica discriminación ejercida desde espacios culturales y educativos que inferiorizan expresiones artísticas “iletradas”. 
Creo innecesario insistir en los méritos artísticos de Juan Gabriel después de la puntual respuesta que el músico Yuri Vargas publicó en la revista electrónica Círculo de poesía o la columna del periodista juarense Jorge Humberto Chávez Ramírez en el Dallas Morning News que explicó cómo Juan Gabriel “redefinió la música moderna mexicana desde el pop hasta el mariachi tradicional”. Lo que me interesa aquí es señalar que los comentarios de Alvarado son producto de un clasismo consecuente con un habitus cultural que legitima a una clase intelectual en la cual exabruptos como el de Alvarado no sólo son tolerados sino que son constitutivos de la clase misma.
Como enseña el sociólogo francés Pierre Bourdieu en su ensayo La distinción, “nada afirma con mayor claridad la ‘clase’ de una persona, nada clasifica más infaliblemente, que los gustos en música”. La negación de lo que es supuestamente vulgar, no es sino el ejercicio de un privilegio de clase que se permite designar la distinción entre alta y baja cultura. “Es por eso”, escribe Bourdieu, “que el arte y el consumo cultural están predispuestos, consciente y deliberadamente o no, a cumplir una función social de legitimar diferencias sociales”. En una entrevista con Carlos Puig el 6 de septiembre, Alvarado dijo haber leído La distinción para explicar su clasismo, pero terminó repitiendo sus prejuicios: “Yo elijo algo que me gusta y que no le gusta a los que considero inferiores a mí, para distinguirme de ellos, y así reproduzco una estructura de clase, que es un mecanismo pernicioso”. Sin la menor autocrítica, la conciencia de un posicionamiento de clase busca legitimarse llamando inferiores (palabra de su elección) a quienes no comparten su gusto musical. Alvarado se niega a reconocer que asumir el clasismo en esos términos es un acto discriminatorio.
Los comentarios publicados en defensa de Alvarado participan de ese mismo criterio de distinción clasista. En una nota publicada el 2 de septiembre en la revista Nexos, Raúl Trejo Delarbre, investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, denuncia la agresión de los usuarios en las redes sociales, pero no hace lo mismo con el lenguaje denigrante de Alvarado. Se legitima así que Alvarado describa como “naco” (en un país de grave desigualdad social) y “joto” (en un país violentamente masculino) a Juan Gabriel, pero se censura que la “multitud tuitera” use las mismas palabras en contra de un miembro de la clase intelectual.
Según Trejo Delarbre, el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED) actuó como “policía del pensamiento” cuando exigió que Alvarado ofreciera una disculpa y tomara un curso de sensibilización. Pero CONAPRED no objetó el pensamiento privado del ciudadano Nicolás Alvarado, sino los comentarios públicos que utilizó para describir su posicionamiento abiertamente clasista y homofóbico contra Juan Gabriel en el mismo momento en que organizaba su homenaje en TV UNAM. No es un acto de censura que CONAPRED responsabilice a un funcionario de lo que escribe en la esfera pública. Exigirle a un servidor público que no utilice un lenguaje discriminatorio es una función primordial de la democracia.
Un comunicado publicado en internet el 3 de septiembre por un colectivo de trabajadores de TV UNAM denunció cómo “el clasismo que reconoció el propio Nicolás Alvarado, permeó su gestión en TV UNAM” despidiendo a más de 20 empleados y creando un clima de hostilidad y acoso entre el personal. Pero los trabajadores de TV UNAM, junto con el público de Juan Gabriel, han sido invisibilizados en la polémica. En una columna publicada el 5 de septiembre en El Universal, Ricardo Raphael imagina una conversación entre Juan Gabriel y “Nico” (“así se nombra a Nicolás Alvarado en su círculo próximo”) que intenta minimizar el clasismo y la homofobia de este último. “Nunca calificó a Juan Gabriel de naco o de joto sino a sus lentejuelas”, escribe Raphael. “En todo caso la referencia que hizo fue a su estética”. Este análisis es una reducción del lenguaje ofensivo de Alvarado: denigrar la vestimenta de una persona es un acto clasista y discriminatorio. Es la relación de poder que se expresa con violencia cuando la policía francesa humilla y discrimina a una mujer por usar un burkini en la playa o cuando un joven negro es acosado y finalmente asesinado por vestir una sudadera con capucha, como sucedió a Trayvon Martin en Estados Unidos. Es, como explica el historiador mexicano Federico Navarrete en su libro México racista, la cotidianidad con que “se discrimina a hombres, mujeres, niños, jóvenes y ancianos a causa de su aspecto físico, de su manera de hablar, de su forma de vestir”. Aunque Raphael quiera dejarlo fuera de la discusión, al insultar la vestimenta y la música de Juan Gabriel se insulta sobre todo a un símbolo cultural adoptado y celebrado por miles de personas dentro y fuera de México. Son ellos, por asociación, los que son tocados por el clasismo, la homofobia, y sí, el racismo de Alvarado.
Entre otros intelectuales, Lydia Cacho, Sergio Sarmiento, Jesús Silva-Herzog Márquez y Guillermo Sheridan han reclamado la superioridad epistémica de “leer correctamente” la columna de Alvarado como un ejercicio de ironía e incluso de autocrítica. Pero no encuentro elementos para sustentar ese argumento. Es cierto que las palabras “joto” o “naco” pueden usarse en contextos socialmente aceptables. Pero que las escriba un funcionario público en un periódico de circulación nacional es un acto de clasismo, homofobia y racismo. Las mismas palabras dichas entre amigos y en privado no ejercen la violencia simbólica que se produce cuando las escribe un servidor público. La violencia de su lenguaje tampoco se mitiga ni se excusa porque se nos diga que intentó ser irónico o autocrítico. Si la supuesta ironía y autocrítica no se entendieron, es un fallo textual de Alvarado y no de sus lectores. Lo que está en juego, en realidad, es el privilegio de decidir que la clase intelectual está autorizada a discriminar como ejercicio de su libertad de expresión.   
En un texto publicado el 3 de septiembre en el suplemento Confabulario, el cronista Leonardo Tarifeño defiende la cultura popular y recuerda el muy citado comentario de Carlos Monsiváis sobre el público de Juan Gabriel, “el más pluriclasista y multigeneracional que un artista popular ha conocido en México desde las épocas de Pedro Infante”. Pero Tarifeño, a mi juicio, vuelve inadvertidamente a la misma división de clase cuando concluye: “Lo de Alvarado y Juanga quizás sea un episodio más, y no el último, del desencuentro entre dos mundos”. El público “pluriclasista y multigeneracional” de Juan Gabriel, sin embargo, también incluye intelectuales, académicos y escritores. No existe, salvo en un prejuicio de clase, una discontinuidad real entre quienes escuchan por placer la música de Juan Gabriel y quienes sí deciden examinar críticamente su trabajo. El único abismo existente entre “dos mundos” se localiza entre zonas culturales imaginadas: por un lado, el espacio vulgar de la música popular que sólo escucha una masa sin educación ni buen gusto, y por otro lado, el espacio de depuración intelectual que inventa al anterior y que legitima a los mismos intelectuales que construyen la falacia de esa diferencia.
El verdadero público de Juan Gabriel se inscribe en el imaginario colectivo que el escritor juarense Willivaldo Delgadillo denominó, en un artículo publicado el 4 de septiembre en Newsweek en español, como la “Nación Juanga”: ese espacio de inclusión que obligó al centro y al margen a cohabitar un mismo horizonte de expectativas culturales, una zona radicalmente democrática que se articula más allá del clasismo, la homofobia y el racismo. Nosotros cantamos con Juan Gabriel, nosotros analizamos a Juan Gabriel, nosotros también somos, agradecidamente, el público de Juan Gabriel.

Oswaldo Zavala es profesor investigador del College of Staten Island y del Graduate Center de la City University of New York (CUNY). Su libro más reciente es La modernidad insufrible: Roberto Bolaño en los límites de la literatura latinoamericana contemporánea (2015).


lunes, septiembre 01, 2014

Nuevo artículo sobre narconarrativas en Comparative Literature

Acaba de aparecer mi artículo Imagining the U.S.-Mexico Drug War: The Critical Limits of Narconarratives en la revista Comparative Literature. El texto propone de modo general mi crítica sobre la mitología del narco en la narrativa mexicana reciente. También ofrece un análisis sobre lo que considero narrativas contrahegemónicas que revelan la profunda relación entre el Estado y el crimen organizado. Me enfoco para ello en las novelas Contrabando de Víctor Hugo Rascón Banda, 2666 de Roberto Bolaño, The Power of the Dog de Don Winslow y Down by the River, de Charles Bowden. El artículo completo sólo está disponible para suscriptores en la página web de la revista, pero se puede obtener desde luego en bibliotecas universitarias.

domingo, agosto 03, 2014

César López Cuadras, maestro secreto de la narconarrativa

Les comparto aquí mi ensayo "César López Cuadras, maestro secreto de la narconarrativa" que aparece hoy en el suplemento literario Confabulario. López Cuadras es sin duda un escritor imprescindible para intervenir el tema del narco desde lo literario.

jueves, abril 03, 2014

Julián Cardona y Charles Bowden en La Habana elegante

Recién aparece un ensayo mío sobre la obra del fotógrafo juarense Julián Cardona y el periodista estadounidense Charles Bowden. El texto, "Herejes predicando en el infierno: Julián Cardona y Charles Bowden en Ciudad Juárez", está en línea en la revista La Habana Elegante. El trabajo de Cardona y Bowden ha sido imprescindible para entender la frontera. El mío es uno de muchos textos que ya comienzan a estudiar la importancia de ambos periodistas.

jueves, agosto 08, 2013

Tierras de nadie en el Laberinto

Apareció en el suplemento Laberinto del periódico Milenio una reseña crítica de Tierras de nadie y un ensayo escrito por Viviane Mahieux y por mí sobre nuestro libro colectivo. Ambos textos están disponibles en el sitio del suplemento aquí mismo.  Adjunto el ensayo abajo esperando continuar este debate en torno al norte en la literatura mexicana contemporánea y así acabar de desmantelar la improductiva etiqueta de la supuesta "literatura del norte" y su territorio imaginado que algunos insisten en defender.

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Notas en torno al norte en la literatura mexicana
Viviane Mahieux y Oswaldo Zavala

Desde que apareció Tierras de nadie: el norte en la narrativa mexicana contemporánea se nos han hecho insistentemente ciertas preguntas: ¿En qué consiste la literatura del norte? ¿Qué significa ser un escritor del norte? ¿Cómo se distingue la literatura del norte de la del resto del país? Estas preguntas han provocado conversaciones arduas que marcaron cómo hoy se piensa literariamente el norte, pero no son las que guiaron la conceptualización de nuestro volumen. Al contrario, nuestro libro se concibió como una manera de señalar la improductividad de la etiqueta “literatura del norte”, que reúne a un grupo de escritores de poéticas dispares y que en poco o nada se diferenciaría de lo que implícitamente tendría que ser la “literatura del centro”. En nuestro proyecto colectivo, que cuenta con la colaboración de diez jóvenes críticos, no nos propusimos definir la literatura del norte mexicano, ni trazar sus rasgos, ni enumerar sus cualidades o defectos. Este sería un proyecto inevitablemente reductivo, en parte porque esta compleja zona del país tiene una inmensa producción cultural cuya diversidad nunca podría resumirse en un solo libro, pero también porque lanzarse a tal empresa implicaría reafirmar la falacia determinista del origen. Se ha naturalizado que la literatura que trata de la Ciudad de México, en un salto metonímico siempre realizado a priori, habla por la nación, algo que no sucede cuando esa literatura se refiere al norte. Es por ello que nadie se pregunta con tanta insistencia cómo se puede definir la literatura de la Ciudad de México o qué exactamente es ser un escritor capitalino.
Nos rehusamos a creer que para escribir sobre el norte hay que nacer y vivir allí, que si uno es del norte está obligado a escribir sobre esta región, o que escribir sobre el norte implica enfocarse en la violencia, el narcotráfico, la migración, la frontera. Hay una infinidad de nortes cuyas realidades y disparidades van más allá de esos temas hoy considerados necesarios para que un texto se gane el atributo de “norteño” y goce de cierto éxito editorial. Tierras de nadie se propuso entonces pensar el norte como referente literario privilegiado, tomando en cuenta su trayectoria histórica, la larga cadena de tensiones con sus otros (el centro capitalino, el norte más allá del norte—los Estados Unidos), las jerarquías entre textos de distribución local y los circuitos de lectura nacionales, así como su cambiante visibilidad en el panorama de la literatura nacional. Quisimos evocar el norte mexicano como un espacio geopolítico complejo que puede escribirse —y leerse— de múltiples maneras y desde espacios diversos. Con “espacios” nos referimos no sólo a la geografía, sino también a lugares simbólicos de enunciación, como lo son la literatura, el periodismo, la academia.
Es imprescindible ejercer un cierto nivel de responsabilidad literaria ante la realidad que vive el México contemporáneo, un país sumergido en la violenta realidad del narcotráfico y de la corrupción sin límites. Pero este dilema no es exclusivo del norte. La violencia del narco surge a nivel nacional como parte de una red de poderes que involucra las principales élites políticas del país, así como sus instituciones policiales y militares. La literatura puede responder a tales encrucijadas de múltiples maneras, pero los ambientes del realismo sucio no son obligatorios. El ethos de una época y de una comunidad se puede abordar de un modo directo o apenas insinuado en la generalidad de un tema. A la vez, una obra puede ambientarse en ese norte deprimido que hemos visto ya tantas veces y, sin embargo, tener como núcleo narrativo preguntas universales que no se centren exclusivamente en la realidad política del momento. En cualquier caso, se espera que una obra literaria genere estrategias críticas de representación que no reproduzcan los mismos discursos hegemónicos que transforman el norte en una zona de mitologías bárbaras y ajenas a la supuesta civilización normativa del centro. Por eso, resulta incómodo que la llamada “narcoliteratura”, para algunos intercambiable con la noción de “literatura del norte”, tenga tanto éxito. Es difícil abordar el fenómeno de la violencia sin que surja la sospecha, justificada o no, de que se está respondiendo a conveniencias editoriales. Precisamente por ello, ahora se vuelve más complejo representar críticamente no lo indecible, lo que escapa a las palabras sino lo ya sobredicho, lo repetido hasta el vértigo.
Estas discusiones sobre cómo representar las caras de la violencia y de la desigualdad —y cómo leerlas— no son nada nuevas. Su antecedente más reconocible se encuentra en la novela de la revolución y en las polémicas de principios del siglo veinte en las que participaron tanto los intelectuales ateneístas como los miembros de las diferentes vanguardias. Hace unos noventa años, el pequeño mundo literario mexicano se agitaba discutiendo el supuesto “afeminamiento” de la literatura mexicana. En el fondo, esta polémica de 1924 fue impulsada por la necesidad de pensar el lugar de la literatura después de la revolución, de debatir cómo se podían representar los acontecimientos sucedidos, y cuál sería el rol de los escritores en un cambiante escenario nacional.
Tales preguntas siguen vigentes, aunque algunas de sus implicaciones hoy resulten absurdas, como el desliz constante entre el cuerpo literario y el cuerpo del autor. Se especulaba entonces que la literatura mexicana debía ser viril y nacionalista: “ya nos somos gallardos, altivos, toscos”, lamentaba Julio Jiménez Rueda. Tomando en cuenta la inmensa distancia que nos separa de esa época —sin blogs, sin twitter, cuando las novelas no competían con las pantallas— nos es posible advertir varias continuidades. Primero, la más obvia: en 1924 se debatía qué tipo de masculinidad debía asumir la literatura, pero no se cuestionaba que ese cuerpo literario fuera implícitamente masculino. Las discusiones de los últimos años en torno a la llamada literatura del norte, o la narcoliteratura, retoman estos tonos patriarcales y falocráticos. Acaso por ello pocas escritoras han optado por la estética violenta que está en boga, como tampoco han mostrado el mismo afán por protagonizar los debates en torno al norte como campo literario. Nuestro mismo volumen recalca esta ausencia: ningún colaborador cubrió el trabajo de las muchas escritoras que han representado el norte en sus obras. A su vez, las polémicas actuales en torno al norte recaen en ese impulso de delinear trincheras, de crear clanes imaginarios que sólo se materializan al limitar modos de intervención y de creación. Si en 1924 un escritor era o viril y nacionalista, o afeminado y traidor a la patria, hoy se escribe en pro o en contra del norte, se es norteño o se es centralista, se es regional o se es globalizado, se es nativo o se es académico. Acaso en unos cien años, si es que somos tan relevantes como hoy creemos serlo, alguien estudiará las polémicas en torno al norte con la misma irónica sonrisa que no podemos evitar al recordar los dardos bochornosos que se lanzaron a principios del siglo pasado.
El sencillo pero productivo gesto de nuestro libro —en vez de pensar la literatura del norte indagamos sobre el norte en la literatura— busca generar nuevos ímpetus a una conversación que se estaba agotando. En los meses desde su aparición, hemos reflexionado en lo que consideramos sus aciertos, así como sus fallas. Los aciertos, a nuestro parecer, radican en la calidad de los ensayos incluidos, así como en sus posturas divergentes y hasta contradictorias: yuxtapuestos, demuestran la heterogeneidad del norte y las múltiples aproximaciones críticas que puede suscitar. Las limitaciones del volumen parten de su insalvable condición incompleta. Ninguno de los ensayos recibidos abordó representaciones del norte desde posturas regionales, una carencia reveladora de un campo cultural fragmentado que en muchos casos desfavorece a sus mejores escritores, como es el caso de escritores tan importantes como Jesús Gardea o César López Cuadras.
Nuestra convocatoria sugirió temas, mas no los asignó: la selección de autores estudiados así como la metodología fue opción de cada colaborador. El libro es entonces el reflejo de un momento específico en el cual las voces críticas más jóvenes responden a un campo literario marcado por las editoriales transnacionales y por el prestigio alternativo de las casas independientes. Al mismo tiempo, las selecciones de los colaboradores se pueden entender tanto por sus trayectos individuales de lectura como por sus formas de ciudadanía descentrada. Nuestros autores nacieron en distintos puntos del país e incluso en el extranjero; algunos tienen formación académica en México y otros están cursando estudios de posgrado o están ya integrados a circuitos profesionales en Estados Unidos, Canadá o Europa. No puede ser casual que las circunstancias biográficas de los escritores analizados en el libro reflejen también esta condición dislocada. Varios de los escritores estudiados viven en lugares tan dispares como Nueva Orleans (Yuri Herrera), París (Miguel Tapia), Varsovia (David Toscana) o la Ciudad de México (Eduardo Antonio Parra).
Sin duda, el coro intencionalmente disonante que compone este libro se habría beneficiado al incluir otras voces que no se escuchan fácilmente fuera de su localidad y que rompen con el paradigma más aceptado del escritor del norte. Esta ausencia, sintomática de los diferentes circuitos de distribución y de lectura del país, confirma lo mucho que queda por hacer para que nuestro fragmentado campo literario no se mantenga atrincherado en la defensa innecesaria de territorios inexistentes. Leído así, Tierras de nadie nos parece una intervención colectiva que, por sus logros e incluso por sus faltas, nos indica los múltiples derroteros intelectuales que aún quedan por explorar y que no serán agotados precisamente porque son espacios de significación que ningún esfuerzo crítico, efímero y contingente, podrá apropiarse jamás.